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El caniche blanco la miró altivo,
recostado sobre el almohadón de gobelino ocre, el pelo enrulado
recién recortado, sus ojos aparentemente fijos en la figura que se
reflejaba en el espejo. Contrariamente a Best, quien parecía
mantener confianza en su belleza y perfección, indiferente a lo que
el espejo mostraba, Monique no lograba controlar la necesidad, el
impulso de observarse y estudiarse en cada espejo, cada vidrio en
donde se reflejaba su figura, su cara, y le recordaba “ésa sos vos”.
Pero esa imagen, la melliza que se empecinaba en surgir siempre que
ella lo deseara y, a veces, aunque no la hubiera buscado, no
disminuía sus dudas, sus miedos. Por el contrario, su crueldad
aumentaba proporcionalmente a sus inseguridades.
Monique se había sentado al
espejo que aumentaba cada orificio, cada poro, cada surco y arruga
en su piel, por quinta o quizás sexta vez esa mañana, y recorría
lentamente con su mirada cada detalle, las finas y angostas grietas
que cruzaban su frente y creaban caminos que hablaban de los
recorridos que hizo su vida, los párpados que caían sobre la
circunferencia de los ojos que estaban perdiendo el brillo y que se
iba hundiendo en la órbita como si estuvieran por desaparecer dentro
del cráneo, la nariz que se alargaba cada día, un Pinocho que no
había mentido, los dientes que una vez habían sido blancos como
espuma y ahora parecían cubiertos por una paja amarillenta, opaca.
Odió ese reflejo. La nube acuosa cubrió el almendra de sus ojos y se
deslizó lentamente sobre la piel pálida, alguna gota desviándose
hacia la cicatriz casi invisible, vestigio de una cirugía olvidada.
Monique cerró los ojos y apretó los párpados, como si al cerrarlos
con fuerza pudiera proteger a su mente de lo que entraba por ellos,
erigiendo paredes que protegerían al castillo, que era su mente, de
los ataques que infligía el espejo que no perdonaba ni mentía. La
imagen la enfurecía y entristecía. Cada día, cada hora, veía una
cara más vieja, más lejana de la que ella tenía grabada en su
recuerdo. El espejo era su peor enemigo. Ante él se sentía
impotente, incapaz de luchar, en esa batalla ella había sido vencida
desde el comienzo.
Giró sobre su butaca y observó a
Best quien ahora tenía el hocico metido en el recoveco del
almohadón, indiferente a lo que lo rodeaba. Se irguió tratando de
mantener su espalda recta, la cabeza en alto. — ¿Cómo se hace para
no cambiar? — preguntó en voz alta. Acarició la cabeza del perro
pero al ver sus manos arrugadas las metió rápidamente en los
bolsillos del pantalón negro ajustado. Cuando las puntas de sus
dedos tocaron las prominencias óseas de su pelvis sonrió satisfecha,
orgullosa por haber logrado eliminar todo vestigio de grasa, de
debilidad de carácter. El rugido que nació de su vientre chato fue
un pedido que necesitó ignorar; no toleraba ni la gordura ni las
arrugas. Saltó por quince minutos frente a la heladera, hasta que
conquistó el llamado del hambre y exhausta entró a la ducha. Suspiró
satisfecha al sentir el vahído ocasionado por la falta de alimento.
Mientras secaba su piel fina los ojos buscaron los espejos que
cubrían todas las paredes del baño, pero el vapor los había cubierto
y no se vio. Frente a sus ojos apareció la imagen que provenía de su
memoria y no la del presente. Apenas cubierta por una toalla salió
del calor del baño al frío del dormitorio y tiritó ante el súbito
cambio de temperatura mientras unas gotas de agua caían sobre la
alfombra mullida. Con todas sus fuerzas arrancó de la cama de roble
las sábanas de seda rosa pálida y alzando sus brazos las tiró por
encima del espejo, eliminando así su imagen mientras la toalla caía
al lado de las patas talladas de la cómoda. Fue de habitación en
habitación, inspeccionó rincón tras rincón y baño tras baño, y cada
espejo fue cubierto hasta que logró esconderse de su propia mirada.
Cuando finalizó su tarea cerró los ojos. Se sentía aliviada y estaba
convencida que así, al no verse más, evitaría el dolor y la
humillación que sentía cada vez que se enfrentaba con esa mujer que
había perdido la belleza a causa de un envejecimiento que no podía
detener.
Monique se paseó por el
apartamento tratando de retener en su mente la imagen que recordaba
cada vez con más dificultad, la de su cuerpo joven, la de su cara
lisa, la piel tersa y brillosa, los ojos luminosos. Necesitó acudir
a todas sus fuerzas para no correr a cada espejo y sucumbir a la
necesidad de escudriñar cada rasgo, cada milímetro de su piel, pero
la memoria no lograba darle la nitidez y precisión del detalle que
necesitaba para obtener la paz que la eludía. La cara en su memoria
era vaga, los rasgos borrosos y, muy a su pesar, las imágenes
recientes se sobreponían y ocultaban a la mujer joven. Los esfuerzos
en traerla al presente eran derrotados por lo que había visto en los
últimos días y horas. Frustrada por la creciente necesidad de
descubrir los espejos y por lo impreciso de su memoria, decidió
revolver las cajas con fotos de su juventud y observarlas hasta
memorizarlas. Debía incorporar cada detalle como si fuera la
fotografía de una extraña. Arrastró a lo largo de la alfombra una
caja que contenía fotos y fue descartando las de su niñez y
adolescencia. Las fue desparramando sin cuidado hasta que encontró
las que creyó la mostraban cuando llegó a la cumbre de su belleza,
cuando obtuvo la perfección de la flor al abrirse y antes de
comenzar a secarse, una etapa tan breve que es casi imperceptible.
Extrajo de la caja tantas fotos como espejos había cubierto y con
alfileres las fijó en los mantos que ocultaban la verdad. Cada
mañana al levantarse se miraba en la cara que ahora vivía en el
baño, se vestía frente a la que ocupaba el closet, hasta colocó una
sobre el espejo retrovisor del auto. No podía arriesgar a verse
aunque fuera accidentalmente. El esfuerzo que hacía en no
encontrarse la agotaba. Cada vidrio o espejo era su enemigo, el
vidrio de la puerta del horno, la cara de un reloj, el brillo de la
madera.
Desesperada por haber sido
atrapada dentro de una trampa que no la protegía creyó que moriría
asfixiada por la ansiedad que la consumía. Evitar espejos y vidrios
era todo lo que podía hacer si intentaba salir del apartamento. Los
fantasmas escapaban de los espejos y vencían las imágenes débiles
que ella había tratado de memorizar en vano.
Finalmente decidió que su cara
sería transformada en la que había sido una vez. Armada con las
fotos que decidió eran fieles a lo que fue en la cima de su belleza
y juventud, fue de especialista en especialista buscando recrear la
perfección de lo que había sido. Los espejos siguieron cubiertos
durante el largo período a lo largo del cual ella se iba
transformando en busca de la nariz perfecta, los ojos brillosos y la
piel luminosa. La etapa de transformación pareció ser interminable,
navegaba lentamente hacia el pasado y debía detenerse en el
instante perfecto. Resistía la tentación
de observarse, sólo escuchaba con deleite los comentarios de quienes
la habían acompañado a lo largo de su metamorfosis: “¡Se te ve tan
joven!” “¡Estás igualita, pero más joven!” “¡Igualita a cuando te
conocí!” Cada exclamación aumentaba la certeza de haber logrado lo
que le daría la paz y el vacío que la trastornaban.
El día llegó en el que fue
informada que había completado el proceso; ella y la foto eran una,
la misma. De entre sus ropas encontró el vestido que había usado
décadas atrás, el día en el que la fotografía había sido tomada. Con
certeza se lo puso, se paró frente al espejo de pie que reflejaba la
totalidad de su figura, de un tirón lo descubrió y la sábana cayó a
su lado. La sonrisa que sus labios habían formado en anticipación
desapareció bruscamente y una mueca de sospecha e incredulidad la
reemplazó. Se dio vuelta bruscamente convencida en ese instante en
que la mente ve la realidad pero cree en la mentira que había algún
error, alguna equivocación, y buscó a la otra, la que se veía
reflejada en el espejo, como si ella fuera invisible. Pero no había
nadie detrás de ella. Estaba sola en la habitación, sola con el
espejo y la mujer que no reconoció. Se acercó hasta que la punta de
su nariz tocó el frío del espejo y con su mano tocó sus ojos y sus
labios y una mano tocó los ojos y los labios de la mujer del espejo.
Necesitaba cerciorarse que esa mujer era ella, porque la mujer que
la miraba asustada con los ojos entrecerrados, el ceño fruncido y
los labios apretados con expresión de pánico no era ella. Ella nunca
había visto a esa mujer, una impostora que había robado su vestido.
Corrió de pieza en pieza arrancando las telas que cubrían cada
espejo, buscándose en cada uno de ellos, pero sólo encontraba a la
misma mujer asustada y desesperada. El llanto venía desde la imagen,
ella lo oía y veía a la mujer abrir la boca y emitir gritos, pero
ella no decía nada. Debía hacerla callar, odiaba su cara, sus
gritos, su expresión de miedo y pánico. Odió a esa mujer. Ahora,
cada vez que la mujer gritaba ella le tiraba con algo, una radio, un
reloj, un libro, hasta que la imagen se rajaba en miles de pedazos y
cuchillos afilados caían alrededor de sus pies. Cuando creyó haberla
destruido, agotada y confundida, sintió cierta satisfacción,
convencida de que no la vería más. Había matado a la extraña del
espejo y ella era joven otra vez. Rió con ganas, bailó y saltó hasta
que la mujer reapareció burlándose de ella y riendo desde la
nebulosa de un vidrio. Presa del odio hacia esa extraña que había
creído derrotada se abalanzó sobre ella atravesándola con todas sus
fuerzas y cayendo al vacío. Cuando los peatones curiosos se
acercaron a su cuerpo inerte alguno se preguntó quién sería la mujer
joven de la foto que esa mujer madura murió apretando en su mano.
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Patricia E. Blumenreich
nació en Montevideo, Uruguay (1954). Se graduó de
la Facultad de Medicina de la República Oriental del Uruguay en 1980
y emigró a los Estados Unidos en 1981. Se especializó en Psiquiatría
en la Universidad de Louisville, Kentucky.
Integró la cátedra de dicha universidad por varios años y recibió el
Golden Apple Award (premio al mejor profesor del año) en 1992.
Publicó artículos relacionados con su especialidad médica en
Postgraduate Medicine, Journal of the Kentucky
Medical Association, Clinical Advances in the Treatment of
Psychiatric Disorders. Es el principal editor del libro
“Clinical management of the violent patient. A clinician’s guide”
(Brunner Mazel, 1993) y autor de cuatro de los capítulos de tal
libro. Es principal autor de un capítulo sobre alucinaciones en el
libro “Difficult Diagnosis II” (WB Saunders, 1992). Reside en
Minnesota desde 1995. Ha publicado dos
libros de cuentos en español, Vidas
y De Padres Hijos y Muerte. Divide su tiempo entre la práctica a tiempo parcial
de la psiquiatría y a escribir ficción.

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