|

|
|
“Cuando las apuestas por quién
recibiría el Premio Nacional de Literatura alcanzan su punto
álgido, el segundo galardón más
importante que se reparte entre las letras nacionales ya
tiene propietarios. La ministra de cultura,
Paulina Urrutia, dio a conocer ayer los ganadores del
Concurso de Mejores Obras Literaris 2005 que reciben ocho
millones de pesos en cada categoría:
Luis Eduardo labarca con su novela "Cadáver
tuerto"..."
LA NACIÓN
Revista Patrimonio Cultural
Viernes, 4 de agosto de
2006
Santiago de Chile,
Chile
“La vigorosa corriente de novela histórica que recorre la
literatura hispanoamericana acaba de dar un nuevo fruto: se
trata de Butamalón, una obra a caballo entre la realidad y
la ficción, en la que el escritor chileno Eduardo Labarca
narra la encarnizada guerra que España libró a lo largo de
tres siglos contra los indios mapuches de Chile.”
“El
hilo narrativo de Butamalón, que significa sublevación en
lengua mapuche, transcurre a través de varios personajes. El
principal de ellos es el fraile Juan Barba, que terminó
combatiendo en las filas del ejército mapuche tras un
alucinante viaje desde su Extremadura natal hasta los
confines de la Aracaunía.
Escrita en castellano antiguo, castellano moderno y lengua
mapuche -un diccionario al final del libro ayuda a descifrar
la terminología-, la novela es el resultado de siete años de
trabajo. En este tiempo el escritor ha consultado varias
veces el Archivo de Indias de Sevilla y
ha viajado a España, Chile y Perú.”
Charo F.
Cotta
EL MUNDO
1 de
diciembre de
1994
Año
VI, Número 1,848
Madrid,
España
|
|
Hace varios años tuve la ocasión de
conocer personalmente a Eduardo Labarca en España, durante un
encuentro literario al cual asistió con su esposa, la poeta cubana
María Elena Blanco, a quien estimo como amiga y escritora. Desde
entonces, hemos mantenido contacto de manera regular. Ahora, al
saber el resultado de los premios nacionales de literatura chilena,
correspondientes al año 2005, me puse en contacto con él para
conversar sobre los pormenores del premio recibido y su obra.
MMM ¿Por qué te refieres a tu
novela Cadáver tuerto, recientemente ganadora del Concurso de
Mejores Obras Literarias en 2005 por el Consejo del Libro y la
Lectura en Chile, como un gerundio inquietante, en donde la verdad
histórica está “emergiendo” de la ficción?
EL Lo dije en un debate en la
Feria del Libro de Santiago sobre el tema: “La verdad histórica
emergiendo de la ficción”. Estamos acostumbrados a que la ficción
construya sobre los hechos reales y a menudo en contradicción con
ellos, un mundo irreal, que tiene una verosimilitud de otro tipo, de
carácter literario. La ficción es necesariamente engaño, y su
encanto reside en que el lector se deje engañar. A la hora de
inventar, el cuentista o novelista no lo piensa dos veces: ése es su
oficio. ¿Sin el vuelo de la imaginación qué ficción podría haber?
Pero en esa mesa redonda las cosas se planteaban al revés: frente a
la falsedad o el encubrimiento, la ficción puede desempeñar
excepcionalmente un papel clarificador, revelador, incluso respecto
de los hechos. Participaba la escritora Mónica Echeverría, que
acababa de publicar Cara y sello de una dinastía, un libro de
género híbrido sobre la familia Edwards, la más poderosa que ha
existido en la historia de Chile. Ese libro, respaldado por
investigaciones pero presentado en forma de ficción, ha dado un
golpe demoledor a la imagen ficticia, falseada en realidad, que los
Edwards han venido creando de sí mismos desde los días de la
Independencia gracias a la dominación que han ejercido sobre los
principales periódicos y medios de información. Yo llegaba con mi
novela Cadáver tuerto en la que describo, sin que sea el
centro del libro, la falsificación del diario de un general
asesinado por un tirano. A poco de publicada mi novela tuve que
admitir que hace treinta años yo había escrito un libro apócrifo que
se publicó como diario del general Carlos Prats. Para mí la
situación fue difícil, me costó, aunque había resuelto dar la cara.
La verdad histórica que estaba “emergiendo” de la novela era
inquietante y me sentía desestabilizado. Lo ha dicho recientemente
Günter Grass con respecto a la revelación de su pertenencia a las
SS: “Es más fácil crear una ficción que asumir una verdad complicada.
Pero también reclamo para mí el derecho de reservarme mis cuestiones
hasta que encuentre fórmulas de expresarlas.” (Entrevista de Hermann
Tertsch, El País, Madrid, 10 de septiembre de 2006).
MMM ¿Cómo has resuelto la dicotomía
interna que se debatía dentro de ti por casi treinta años, en
relación a la escritura del diario apócrifo Una vida por la
legalidad del General Prats, entre la fidelidad a la verdad
histórica y tus lealtades políticas de antaño?
EL Esos procesos toman su
tiempo. La revelación de Günter Grass fue resultado de una
maduración que, en su caso, ha tardado más de sesenta años. Yo no
amanecí de un día para otro pensando que haber escrito el diario
apócrifo había estado mal. En el momento de escribirlo me pareció
una idea excelente, con ello le asestaba un golpe en el mentón al
dictador Pinochet. Prats se levantaba de la tumba a luchar, como el
Cid Campeador, contra el que lo había mandado a matar. Pero a medida
que el tiempo transcurría, mi visión utilitaria del libro falso fue
dando paso a la reflexión sobre el general Carlos Prats de carne y
hueso, no el que yo había inventado. Poco a poco fui sintiendo que
había cometido un abuso, no porque el objetivo perseguido fuese malo,
sino porque el medio empleado era inaceptable. Había abusado de la
memoria de Prats, un militar que pagó con la vida la fidelidad a sus
principios. Por eso mi primer paso fue hablar con las tres hijas de
Prats, asumir ante ellas mi acto y presentarles excusas antes de que
apareciera la novela. Eso no significaba que yo diera la espalda a
mis lealtades anteriores, pero había una maduración de mi parte, una
relativización de esas lealtades, la comprensión de que hay formas y
límites que se deben tener en cuenta en todos los casos. Desde ese
momento yo asumía una lealtad más amplia, lealtad con la verdad
histórica, con el restablecimiento de los hechos. Si yo no lo hacía,
iban a quedar en la sombra para siempre.
MMM Algunos críticos literarios se
aprestan a señalar al personaje central de tu novela Cadáver
tuerto, llamado Lautraro, como una especie de antihéroe chileno.
¿Crees que van en la dirección correcta?
EL La
palabra antihéroe ha sido efectivamente usada al menos por un
crítico. Pero yo escribí una novela y no me corresponde clasificar a
sus personajes. Lo que puedo decir es que Lautraro no es en absoluto
un héroe. Aunque participa en acciones con connotaciones políticas,
por ejemplo al transmitir desde una radio extranjera contra el
tirano, ése no es el meollo de su vida.
|
Es un ser bastante amorfo,
que como actor puede encarnar a cualquier personaje, como sucede con
el tirano, que se le mete bajo la piel. Para usar una palabra que se
repite en la novela y que aprendí de los cubanos, es más bien un “blandengue”. Me parece que, como la mayoría de los seres humanos, puede ser
heroico o cobarde según la situación. Es débil, pero dice por ahí,
refiriéndose a su propia debilidad, que “ésa es mi fuerza”. En el
fondo, está fuera del esquema corriente que pretende dividir a los
hombres entre buenos y malos. |
 |
MMM
Después de este exorcismo literario, ¿me podrías decir si has
encontrado el reino de la verdad en alguna parte?
EL Alguna vez creí encontrarlo,
luego me di cuenta de que no lo era y desde hace rato no lo busco.
Menos aún está ese reino en los fundamentalismos de variado pelaje
que hoy nos asfixian con sus verdades absolutas y excluyentes. El
joven kamikaze que se hace estallar con una bomba adosada a las
tripas tiene su reino de la verdad que se contrapone al del
transeúnte asesinado por él. La soldadita rubia que alguien envió a
Irak tiene su reino de la verdad muy diferente al del moro al que
arrastra con una correa al cuello. Más que un reino de la verdad, yo
diría que hay verdades. Los derechos humanos, la protección del
planeta, la búsqueda de la igualdad de derechos y de la justicia
social son grandes verdades, pero ojo, también pueden convertirse en
palabras usadas para lo contrario de lo que se dice predicar. Porque
la verdad es más bien gaseosa y anda suelta. Son pinceladas o gotas
llevadas por el viento que pueden encontrarse en ciertos actos y
actitudes. Es, cuando mucho, un instante. Nunca un reino. Está en el
fulgor que mueve al poeta a escribir una palabra, en el rayo verde
que percibe el lector solitario. Después: la oscuridad de nuevo.
Cuando alguien proclama el reino de la verdad en algún sitio, yo
salgo corriendo.
MMM Existe una intensidad peculiar
en tus libros de tipos testimoniales o periodísticos. ¿A que
atribuyes esto?
EL Mirando hacia atrás veo una
continuidad. Chile invadido, mi primer libro, fue netamente
periodístico, pero no de un periodismo cualquiera. Esa vez quise, y
siempre he querido, meterme hasta el fondo de los temas difíciles.
Ese primer libro se basó en una investigación y una reflexión
agotadoras. Tuvo mucha repercusión en Chile y fue reseñado en la
primera página de The New York Times. El segundo, Chile al
rojo, sobre el triunfo de Allende en Chile, fue traducido a
muchos idiomas y es referencia obligada sobre esa época.
|
 |
Un día el periodismo me quedó estrecho
y salté a la ficción, al cuento, a la novela, a la literatura. Fue
una transición suave cuya llegada siempre esperé, sólo me faltaba
estar listo. Y no fueron libros testimoniales, sino ficción pura.
El turco Abdala y otras historias, escrito en Moscú, transcurre
en las noches de bataclán de mi país lejano. Y desde entonces sigo
en eso, he publicado Butamalón y Cadáver tuerto, que
son novelas al ciento por ciento, situadas en un tiempo, es verdad,
y en Chile o en un país que se le parece, pero ficción de pe a pa. |
MMM De todas tus novelas, existe
una que está llamada a convertirse en un libro de referencia
obligada cuando se estudia la historia de Chile, por la gran
investigación que realizaste y el caudal informativo que trasmites
en sus páginas acerca de la cultura Mapuche, y me refiero a
Butamalón. ¿Qué te impulsó a escribir esta obra monumental de
carácter epopéyico?
EL Un impulso casi espontáneo,
diría. Todos los chilenos venimos de la guerra de la Araucanía, en
que los mapuches, llamados araucanos, dieron muerte a dos
gobernadores y a treinta mil soldados españoles. Era “el Flandes
Indiano”, la guerra en que España se desangraba. Muy joven recorrí
la zona como periodista y tenía dos amigos mapuches, que ya han
muerto, los hermanos Eusebio y Melillán Painemal, que me recibían en
sus rucas. Años más tarde, cuando la dictadura aflojó un poco,
regresé a Chile y recorrí los lugares de las batallas que Ercilla
compara a las de Grecia. Dos veces estuve en el Archivo de Indias de
Sevilla y allí, en las cartas de los gobernadores de Chile que se me
deshacían en las manos, encontré el eslabón que me faltaba: el sacerdote
|
Juan Barba, que en la guerra se pasó al bando de los
indios. Convertí las tres líneas que Barba ocupaba en la Historia de
Chile en seiscientas páginas de mi novela. El libro lo escribí en
Viena, pero da lo mismo. Por las noches despertaba y estaba allá, en
1598, en Arauco. Hoy me enorgullece que un prestigioso crítico
literario, el profesor Eduardo Barraza, de la Universidad de Los
Lagos, situada en el corazón de la Araucanía, haya publicado su
estupendo libro De La Araucana a Butamalón, que comienza con
Ercilla y termina con mi modesta novela. |
 |
|