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La
palabra fantasía viene del griego “phantasia”, que significa: facultad
mental para imaginarse cosas inexistentes y proceso mediante el cual
se reproducen con imágenes los objetos del entorno. La fantasía, que
debe ser defendida a toda costa, constituye el grado superior de la
imaginación capaz de dar forma sensible a las ideas y de alterar la
realidad, de hacer que los animales hablen, las alfombras vuelven y
las cosas aparezcan y desaparezcan como por arte de magia.
La fantasía recoge
su material de la realidad interna y externa, con la cual se concibe
una realidad distinta, revirtiéndola o reformándola. Con el golpe de
la imaginación se puede asociar las imágenes de la realidad y
agruparlas en una totalidad con significado diferente, como el hecho
de juntar el cuerpo de un hombre y un caballo para dar nacimiento a un
centauro o dotar propiedades humanas a animales y objetos inanimados.
Con la fantasía se puede deformar la personalidad a partir de un
pequeño defecto; por ejemplo, quitarle la propiedad de maldad a lo
diabólico o hacer de la virtud de lo bueno mucho más bueno.
La imaginación
cumple una función imprescindible en nuestras vidas, no sólo porque
sirve como válvula de escape a la realidad existencial, sino también
porque es la fuerza impulsora que permite rectificar la realidad
insatisfactoria y realizar los deseos inconclusos por medio de los
ensueños. "Si la persona es pasiva, si no lucha por un futuro mejor y
su vida actual es difícil y falta de alegrías, con frecuencia se crea
una vida ilusoria, inventada en la que se satisfacen completamente sus
necesidades, donde él todo lo puede, donde ocupa una posición
imposible de alcanzar en el momento actual y en la vida real. La
imaginación pasiva puede surgir no intencionalmente. Esto sucede
principalmente cuando se debilita la actividad de la conciencia, del
segundo sistema de señales, en un estado de ocio temporal, en estado
de somnolencia, en estado de afecto, durante el sueño (los sueños), en
estado de afecciones patológicas de la conciencia (alucinaciones),
etc.” (Petrovski, A., 1980, p. 323).
La fantasía, al
igual que el pensamiento, es uno de los procesos cognoscitivos
superiores que nos diferencia de la actividad instintiva de los
animales irracionales. No es casual que en el plano laboral sea
imposible empezar un trabajo sin antes imaginar su resultado. La
fantasía es tan importante para construir una mesa como para escribir
un libro, pues ambos requieren ser planificados por anticipado, para
obtener el mismo resultado que se concibió por medio de la
imaginación; un aspecto que es indispensable en el trabajo artístico,
científico, literario, musical y en todas las actividades en las
cuales interviene la capacidad creativa.
Esta facultad
mental, como cualquier otro aspecto del conocimiento humano, ha sido
un tema que ocupó el tiempo y la mente de los hombres desde la más
remota antigüedad. Los filósofos como Schiller, Schelling,
Schopenhauer y Hegel, ponderaron el rol activo de la fantasía en los
procesos racionales y cognitivos, mientras los escritores románticos,
como Wordsworth y Coleridge, sostuvieron la teoría de que sólo a
través de la fantasía se podía alcanzar la ciencia y la verdad.
Sin fantasía no es
posible ningún conocimiento humano. La imaginación, concebida como una
facultad capaz de reproducir mentalmente las causas y soluciones de
los problemas reales, es la mejor ayuda para un psicólogo, sobre todo,
cuando tiene que hacerse una idea de la situación del paciente y debe
encontrar la orientación terapéutica correcta. La psicología moderna
ha constatado que el poder de la fantasía sobre la psique es más
determinante que el principio del deseo, pues se dice que en el
conflicto entre deseo y fantasía es siempre la fantasía la que se
sobrepone al principio del deseo.
La imaginación,
aparte de constituir uno de los elementos vitales que permitió al
hombre sobrevivir en medio de la naturaleza salvaje, es un don que
deben cultivar los individuos, pues sin ella sería más difícil
reformar o transformar la realidad insatisfactoria y alcanzar un
desarrollo humanístico y tecnológico en provecho de la colectividad.
La fantasía forma parte de nuestro cerebro desde el instante en que la
usamos como mecanismo de supervivencia, para descubrir nuestra
situación existencial, contemplar el mundo desde otras perspectivas,
estimular nuestras posibilidades creativas y satisfacer los deseos no
cumplidos. En concreto, como señaló J.J.R.Tolkien: “La fantasía es,
como muchas otras cosas, un derecho legítimo de todo ser humano”, pues
a través de ella se halla una completa libertad y satisfacción.
Consideraciones sobre la fantasía infantil
Bruno Bettelheim,
en su investigación psicoanalítica de los cuentos de hadas, encontró
en la trama un alto valor estético y terapéutico, capaz de
desencadenar las ataduras neuróticas y ayudar a los niños a solucionar
sus angustias y conflictos emocionales. Sin embargo, ya mucho antes
que Bettelheim diera a conocer su “Psicoanálisis de los cuentos de
hadas”, Sigmund Freud definió la fantasía como un fenómeno inherente
al pensamiento, como una actividad psíquica que está en la base del
juego de los niños y en el arte de los adultos, puesto que los
instintos insatisfechos son las fuerzas impulsoras de la fantasía y
cada fantasía es una satisfacción de deseos, una rectificación de la
realidad insatisfactoria. Tanto el juego como el arte ayudan al
individuo a soportar una realidad apuntalada de conflictos emocionales
y contradicciones sociales. “¿No habremos de buscar ya en el niño las
primeras huellas de la actividad poética? -indagaba Freud-. La
ocupación favorita y más intensa del niño es el juego. Acaso sea
lícito afirmar que todo niño que juega se conduce como un poeta,
creándose un mundo propio o, más exactamente, situando las cosas de su
mundo en un orden nuevo, grato para él. Sería injusto en este caso
pensar que no toma en serio ese mundo; por el contrario, toma muy en
serio su juego y dedica en él grandes afectos. La antítesis del juego
no es la gravedad, sino la realidad. El niño distingue muy bien la
realidad del mundo y su juego, a pesar de la carga de afecto con que
lo satura, y gusta de apoyar los objetos y circunstancias que imagina
en objetos tangibles y visibles del mundo real. Este apoyo es lo que
aún diferencia el ’jugar’ infantil del ’fantasear’ (...) El poeta hace
lo mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy
en serio; esto es, se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar
de diferenciarlo resueltamente de la realidad (...) Cuando el niño se
ha hecho adulto y ha dejado de jugar; cuando se ha esforzado
psíquicamente, a través de decenios enteros, en aprehender, con toda
la gravedad exigida, las realidades de la vida, puede llegar un día a
una disposición anímica que suprima de nuevo la antítesis entre el
juego y la realidad. El adulto puede evocar con cuánta gravedad se
entregaba a sus juegos infantiles y, comparando ahora sus ocupaciones
pretendidamente serias con aquellos juegos pueriles, rechazar el
agobio demasiado intenso de la vida y conquistar el intenso placer del
humor (...) El hombre que deja de ser niño, en lugar de jugar,
fantasea. Hace castillos en el aire; crea aquello que denominamos
ensueños o sueños diurnos” (Freud, S., 1984, pp. 10-11).
De modo que la
actividad de la fantasía es la creación artística, los sueños diurnos
y el ingenioso juego de los niños, especialmente el “juego de roles”,
a través del cual los niños representan el rol profesional y familiar
de los adultos. El niño, en su deseo de ser adulto, juega a ser mayor,
imitando en el juego lo que de la vida de los mayores ha llegado a
conocer. Pero no tiene motivo alguno para ocultar tal deseo, como
ocurre con el adulto, quien, sujeto a las normas lógicas y racionales
de su entorno, se avergüenza de sus fantasías porque las considera
propias de un infantilismo pueril e ilícito. El niño, en cambio, juega
y fantasea hasta el cansancio, representa una serie de personajes en
su proceso de socialización, independientemente de cuál sea la
reacción de su entorno. El niño imita el ladrido del perro y
representa a los personajes del cine y la televisión. En su mundo
fantástico todo es posible: la hormiga habla con voz humana, el árbol
corre por las praderas y las piedras levantan vuelo como los pájaros.
El niño, a diferencia del adulto, no tiene porqué avergonzarse ni
ocultar sus fantasías a los demás. Él es el artífice de un mundo hecho
de magia y fantasía, donde sólo tienen acceso quienes están dispuestos
a seguir sus reglas.
El juego es
una de las actividades principales del niño en el período preescolar,
pues le permite desarrollar sus facultades sociales e imaginativas, en
virtud de que “la situación imaginada es elemento indispensable del
juego y es una transformación libre, no limitada por las reglas de la
lógica y por las exigencias de que debe parecer real, de la reserva de
representaciones acumulada por el niño. La imagen de la fantasía se
manifiesta aquí como programa de la actividad creativa. El niño que
imagina ser cosmonauta estructura correspondientemente su conducta y
la conducta de sus compañeros de juego: se despide de sus ‘parientes y
amigos’, da parte al ‘constructor general’, representa el cohete
durante la partida y, a sí mismo, dentro del cohete, etc. Los juegos
con personajes que ofrecen rico alimento a la imaginación infantil
permiten al niño profundizar y consolidar cualidades valiosas de la
personalidad (valentía, decisión, organización, ingenio, etc.),
confrontando su conducta y la conducta ajena en la situación imaginada
y con la conducta del personaje imaginado, el niño aprende a realizar
las necesarias evaluaciones y comparaciones” (Petrovski, A., 1976, pp.
329-330).
La fantasía, que
emerge de lo concreto y no de lo abstracto, hace que el niño invente y
modifique su entorno, así como Leonardo da Vinci diseñó una nave
espacial luego de observar a los pájaros, o como Julio Verne escribió
aventuras de submarinos después de observar a los peces. Del mismo
modo, los niños, por medio de su imaginación inagotable, transforman
la realidad en la que viven, sobre todo, si se piensa que cualquier
actividad fantástica en ellos es reproducción, herencia o imitación de
su experiencia anterior, de acciones y situaciones observadas,
sentidas u oídas en la naturaleza y en el mundo adulto. La prueba está
en que un niño puede tenderse de bruces sobre el césped e imaginar que
las nubes son monstruos surcando el espacio o, estando sentado en una
caja, imaginarse que es un pirata a bordo de una nave meciéndose en
alta mar, asediado por ballenas y tiburones.
La fantasía no es
un privilegio reservado sólo para escritores y pintores, sino una
facultad humana que ocupa un primer lugar en la vida mental de los
niños, quienes, como los hombres primitivos, recurren a la imaginación
para compensar su falta de capacidad cognoscitiva. Según Henri Wallon:
“Lo único que sabe el niño es vivir su infancia. Conocerla corresponde
al adulto” (Wallon, H., 1980, p. 13).
Una de las
constantes del poder de la fantasía es que los niños, mejor que nadie,
gozan con las aventuras de la imaginación, con esos hechos y
personajes que los transportan hasta la sutil frontera que separa a la
realidad de la fantasía, pues todo lo que es lógico para el adulto,
puede ser fantástico para el niño, y todo lo que al adulto le sirve
para descansar, al niño le sirve para gozar. El niño, a diferencia del
adulto, ve en el realismo un mundo lleno de magia y ficción, como
dijera la psicóloga italiana Paula Lombroso: “Todas nuestras
distinciones doctas y sutiles entre el reino animal, vegetal y
mineral, entre cosas animadas e inanimadas, no existen para los niños”
(Lombroso, P., 1923, p. 142).
La
fantasía como estímulo de la creatividad
La fantasía es una
condición fundamental del desarrollo normal de la personalidad del
niño, le es orgánicamente inherente y necesaria para que se expresen
libremente sus posibilidades creadoras. La fantasía estimula al hombre
común y al hombre de ciencia. El físico alemán-americano Albert
Einstein, entrevistado por George Silvestre Viereck en 1929, dijo:
“Soy lo suficientemente artista como para dibujar libremente sobre mi
imaginación. La imaginación es más importante que el conocimiento. El
conocimiento es limitado. La imaginación circunda el mundo (...)
Cuando me examino a mí mismo y mis formas de pensar, llego a la
conclusión de que el regalo de la fantasía ha significado más para mí
que mi talento para absorber el conocimiento positivo”. Sin duda,
ninguna persona activa y de pensamiento normal podría vivir sin
fantasía. Varios matemáticos, atribuyéndole gran importancia al papel
de la imaginación en la vida de los seres humanos y la creación
científica, manifestaron que ni los cálculos diferenciales ni
integrales se pudieron haber descubierto sin la ayuda de la fantasía.
La historia de los
descubrimientos científicos contiene gran cantidad de ejemplos en que
la imaginación intervino como uno de los elementos más importantes de
la actividad científica, en virtud de que la fantasía tiene una
propiedad cuyo valor y cualidad es inestimable. Opinión que comparte
el escritor Kornej Chukovski, quien, en su libro “De los dos a los
cinco”, cuenta el caso de una madre, enemiga de los cuentos y de la
fantasía, cuyo hijo, quizás por venganza por habérsele quitado los
cuentos, empezó a entregarse a la fantasía más exuberante. Así,
“inventa que a su habitación fue a visitarlo un elefante rojo, que
tiene una osa amiga y, por favor, no se siente en la silla del lado,
porque ¿acaso no ve? Está la osa en esta silla. ‘Mamá, ¿dónde vas?
¡Vas donde los lobos! ¡No ves que aquí están los lobos!” (Chukovski,
K., 1968, p. 277).
Entre los
estudiosos de la literatura, algunos tendieron cercos a la fantasía
como si fuese un elemento de dimensiones determinadas, al que se le
puede empaquetar para hacer regalos de cumpleaños o Navidad; mientras
otros, simple y llanamente, negaron su existencia, como quien niega la
existencia de los sentimientos y los sueños por carecer de cuerpo.
Empero, la mejor respuesta a esta tendencia nihilista fue la de guiar
a los niños hacia el mundo de la fantasía, que es su propio mundo, con
la ayuda de libros que estimulan el desarrollo de su imaginación, su
destreza lingüística y sensibilidad estética. El psicólogo considera
que “la imaginación favorece al desarrollo de la actividad mental del
niño, como si fuese una gimnasia voluntaria, y la compara con la
actividad física intensa de los primeros años de vida, que favorece el
desarrollo muscular del cuerpo. Y también reconoce en la imaginación
instrumentos de conocimiento de sí mismo y del mundo que le rodea” (Elizagaray,
M-O., 1976, p.16).
El psicólogo suizo
Jean Piaget estaba convencido de que el niño estructura su capacidad y
sus conocimientos a partir de su entorno y de sí mismo, por medio de
estructurar sus experiencias e impresiones, y organizar sus
instrumentos de expresión. Cuando el niño escucha un cuento fantástico
o de hadas, que trata sobre algo nuevo, puede aprender y asimilar con
la ayuda de sus conceptos y experiencias anteriores, y para alcanzar
una comprensión más profunda y desarrollar su nuevo concepto, el niño
acomoda sus conocimientos nuevos a sus conocimientos viejos. Según
confirman muchos antecedentes psicológicos, la fantasía del niño es
una de las condiciones más importantes para la asimilación de la
experiencia social y los conocimientos.
Fantasía y
literatura infantil
La actividad lúdica
de los niños, como la fantasía y la invención, es una de las fuentes
esenciales que le permite reafirmar su identidad tanto de manera
colectiva como individual. La otra fuente esencial es el
descubrimiento de la literatura infantil cuyos cuentos populares,
relatos de aventuras, rondas y poesías, le ayudan a recrear y
potenciar su fantasía.
La literatura
infantil, aparte de ser una auténtica y alta creación poética, que
representa una parte esencial de la expresión cultural del lenguaje y
el pensamiento, ayuda poderosamente a la formación ética y estética
del niño, al ampliarle su incipiente sensibilidad y abrirle las
puertas de su fantasía.
Sin embargo, así
como la fantasía es un poder positivo que estimula la creatividad
humana, es también un poder peligroso, si a través de ella se exaltan
valores que rompen con las normas morales y éticas de una sociedad
determinada. Claro está que la fantasía por la fantasía no es ninguna
garantía para que la literatura sea de por sí buena y sus fines
constructivos. La fantasía, como cualquier otra facultad humana, puede
ser usada como un recurso negativo. Esto ocurre, por citar un caso,
cuando por medio de una obra literaria se proyectan prejuicios
sociales o raciales, con el fin de lograr objetivos que son negativos
para la convivencia social y la formación de la personalidad del niño.
Afortunadamente,
gracias a la acción de los mecanismos de la imaginación, tanto el
transmisor (autor) como el receptor (lector), saben que el argumento y
los personajes de una obra literaria no siempre corresponden a la
realidad, sino a la fantasía de su creador, quien, a diferencia de lo
que sucede en la vida concreta, determina con su imaginación el
destino de los personajes, el hilo argumental, la trama y el desenlace
de la obra. En este caso, la fantasía del autor nos acerca a una nueva
realidad que, aun siendo ficticia, ha sido inventada sobre la base de
los elementos arrancados de la realidad. Asimismo, la fantasía no sólo
cumple una función invalorable en la vida del escritor, sino también
del hombre de ciencia. La fantasía prueba las posibilidades del
pensamiento, encuentra nuevos medios y realiza los proyectos que luego
se modifican con un pensamiento crítico. La fantasía es una palanca
que sirve para transformar una realidad determinada y crear una obra
que aún no existe.
Si bien es cierto
que los cuentos populares han amamantado durante siglos la fantasía de
grandes y chicos, es también cierto que ha llegado la hora de
plantearse la necesidad de forjar una literatura específica para los
niños, una literatura que desate el caudal de su imaginación y se
despliegue de lo simple a lo complejo; de lo contrario, ni el libro
más bello del mundo logrará despertar su interés, si su lenguaje es
abstracto, su sintaxis intrincada y su contenido exento de fantasía.
Se debe partir del
principio de que la imaginación está estrechamente vinculada al
pensamiento y que el pensamiento mágico del niño hace de él un poeta
por excelencia. Toda obra que se le destine debe tener un carácter
imaginario, un lenguaje sencillo y agradable, sin que por esto tenga
que simplificarse o trivializarse. A este texto, depurado de toda
lisonja idiomática, moral y retórica, se le debe añadir, en el mejor
de los casos, ilustraciones que despierten su interés. Sólo así se
garantizará que el niño encuentre en la obra literaria a su mejor
compañero.
Las joyas
literarias más codiciadas por los niños son los cuentos fantásticos,
que narran historias donde los árboles bailan, las piedras corren, los
ríos cantan y las montañas hablan. Los niños sienten especial
fascinación por los castillos encantados, las voces misteriosas y las
varitas mágicas.
El cuento, género
en el cual es posible todo, también ha despertado el talento y la
creatividad de muchos hombres célebres, y, para ilustrar esta
afirmación, valga recordar la anécdota vertida por la bibliotecaria
norteamericana Virginia Haviland, en el XV Congreso Internacional del
IBBY, celebrado en Atenas en 1976: Un día, una madre angustiada se
dirige al padre de la Teoría de la Relatividad para pedirle un
consejo: ¿Qué debo de leerle a mi hijo para que mejore sus facultades
matemáticas y sea un hombre de ciencia? Cuentos, contestó Einstein.
Muy bien, dijo la madre. Pero, ¿qué más? Más cuentos, replicó Einstein.
¿Y después de eso?, insistió la madre. Aún más cuentos, acotó Einstein.
Los poetas, sabios
y niños, conocen los dones que los cuentos populares otorgan a los
humanos para que éstos no pierdan el enlace con el maravilloso mundo
al que tuvieron acceso en un tiempo remoto, y que aún siguen añorando.
Dimensión mágica a la cual se refirió Alexander Solzhenitsin en su
discurso de agradecimiento por el Premio Nobel de Literatura, que se
le concedió en 1970: “Hay cosas que nos llevan más allá del mundo de
las palabras; es como el espejito (diría también Alicia mirándose en
el espejo inventado por Lewis Carroll) de los cuentos de hadas: se
mira uno en él y lo que ve no es uno mismo. Por un instante
vislumbramos lo inaccesible, por lo que clama el alma”.
Nadie sabe con
certeza a qué edad, forma o circunstancia aparece la imaginación en el
niño. Empero, la aparición de las imágenes de la fantasía, que juegan
un rol preponderante en su vida, es el resultado de la actividad del
cerebro humano, compuesto de dos hemisferios que poseen numerosas
circunvoluciones, que ponen en funcionamiento tanto la imaginación
como otros procesos psíquicos.
Fantasía,
animismo y mentira
Por la importancia
que reviste la imaginación en los niños, los psicólogos han dividido
la evolución de la fantasía en etapas: la primera, consiste en el paso
de la imaginación pasiva a la imaginación activa y creadora; la
segunda, conocida con el nombre de “animismo”, es la etapa en la cual
el niño atribuye conciencia y voluntad a los elementos inorgánicos y a
los fenómenos de la naturaleza. La fantasía del niño tiene tanto poder
que es capaz de dotarle vida al objeto más insignificante. Por
ejemplo, los de edad preescolar, al margen de personificar las
funciones cotidianas de ciertos individuos del conglomerado social,
pueden también personificar las letras del abecedario, decir que la
letra “a” es una señora gorda y la “i” un caballero con
sombrero. “La fantasía infantil -explica el psicólogo Lawrence A.
Averill- no conoce frenos: acá acepta el mundo tal como es. Allá lo
rehúsa, en otra parte lo transforma (...) En este mundo que gira
alrededor de la personalidad infantil, las reglas son aburridas o
superfluas, el orden, el decoro, la consideración para los demás,
pensamientos secundarios de adultos”. Y, agregando, Cousinet dice: “El
mundo en el cual vivimos no es el mismo que él -el niño- conoce. Los
objetos no son los mismos, sino algo de ellos mismos y de cualquier
otra cosa. La muñeca y también una pequeña niña; la silla es una silla
y también un coche, un vagón de ferrocarril un vapor; el bastón es
también un bastón y un caballo, el propio cuerpo es un cuerpo humano y
en ocasiones también el cuerpo de una bestia. La preferida imaginación
que el niño desliza en sus juegos, no es más que una confusión
fácilmente observable (...) Una calabaza es una carroza, un ogro es un
león o un ratón, una rata es un lacayo. Ulises es un joven o un viejo,
Minerva es una diosa y una mortal. Proteo es todo lo que el niño
quiere, un gato habla como un hombre, botas mágicas se adaptan a todos
los pies. Es una transformación perpetua. Nada es sino que lo parece
ser y las cosas sinfin y los seres pasan de un estado a otro, sin que
uno pueda asirse de nada, sin que nada parezca estable, inmóvil, en
este mundo irreal hecho de luz y de sombra” (Cousinet, R., 1911).
Una vez superada la
etapa del “animismo”, esencialmente vinculada a los objetos y al
contexto familiar, el niño ingresa a la tercera etapa, en la cual
imagina a personajes sobrenaturales cuyas hazañas lo seducen y
sugestionan. “Empieza a darse cuenta de la complejidad del mundo con
el arribo a esta llamada edad de la imaginación, que coincide con la
entrada en la ‘edad de la razón’ (...) En este momento su interés se
vuelve hacia los cuentos folklóricos primitivos, llamados a veces en
un sentido genérico, cuentos de hadas, que los transportan al reino de
lo fabuloso” (Elizagaray, M-O., 1975, p. 30).
El niño parece un
hombre primitivo que, deslumbrado por lo desconocido y maravilloso,
cree que los astros son seres fantásticos dominando sobre él y a
quienes se les debe rendir pleitesía como lo hacían los incas al sol y
la luna. Su imaginación galopante crea personajes esotéricos; unas
veces bellísimos y otras horribles; de su temor surgen las hadas y los
duendes, que lo protegen y lo amenazan. Los mitos y las leyendas, en
sus versiones más sencillas, le encantan y sobrecogen como al hombre
primitivo. Además, en este período entra en contacto con la escuela,
el maestro y la literatura, que lo conducen de la mano por un mundo
lleno de fantasía y misterio. Como bien decía Claparède: “El niño
deforma la verdad y se gana el epíteto de embustero, sin embargo no
tiene intención de engañar, sino que prolonga una comedia de la cual
él mismo es juego a medias” (Claparède, É., 1916, p. 448).
Lo cierto es que la
fabulación del niño no tiene nada que ver con la mitomanía del adulto.
Para el niño es normal trocar la realidad en fantasía y la fantasía en
realidad; la mentira en el adulto, en cambio, es una alteración de la
verdad de manera voluntaria y consciente. No obstante, desde la más
remota antigüedad hasta nuestros días, muchos siguen considerando al
niño como un “homúnculo” (adulto en miniatura) y siguen exigiendo de
él un razonamiento lógico, a pesar de que la psicología evolutiva ha
demostrado que el niño tiene un dinamismo propio que lo diferencia del
adulto.
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