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A la memoria de todos los Chenchos,
en cualquier
barrio, en cualquier geografía.
Chencho
y yo nacimos en el mismo pueblo. Yo en el seno de una familia
pobre, aunque funcional, es decir, con padre, madre, abuelos, tíos y
primos, además de la garantía de un plato de comida caliente cada
tarde. Chencho no, a él le había tocado una porción diferente de
la vida. Él carecía de cualquier garantía y vivía arrimado en casa
de una familia de color, como decían en aquellos tiempos. Allí fue
llevado, casi arrastrado por Catalina, la mujer de Rigoberto, una
tarde en que, borracho hasta perder el control de sus piernas,
Chencho no aguantó más y se vino abajo. Su pobre cabeza, ya
limitada por naturaleza y embrutecida por el alcohol, lo dejaban
muy mal parado convirtiéndolo en el hazmerreír del vecindario. En
su persona se cebaban la ironía y el cinismo de la turba infantil de
aquel barrio que tenía como particular tesoro los colores del cielo
y del mar. Mar y cielo que constituían el único esparcimiento del
verano.
Rigoberto, el marido de Catalina, además de ser uno de los pocos
afiliados al Partido Comunista con que contaba el pueblo, era
también alcohólico. Quizás, por eso resultaba comprensible la
solidaridad de Catalina y el amor de madre que llegó a profesarle a
aquel infeliz de quien abusaban, emborrachándolo en el bar de la
esquina, otros nada tontos, pero mucho más infelices que él.
“Dime por fin qué sientes… ahora que estamos separados… Dime por
fin, sinceramente, si ya me has olvidado…” Era la voz del Benny,
que se perdía en el vecindario, cruzando de patio en patio y
haciendo alucinar a las mujeres que a esa hora del atardecer,
delante del fogón, freían los imprescindibles plátanos maduros que
completarían la comida.
Mi tía Gloria, que en esa hora de faenas preparaba la masa de unas
frituras de bacalao, contoneando suavemente sus poderosas caderas
marcaba el ritmo del bolero y completaba… “Fue mi ambición tenerte
para siempre a mi lado… más preferí, preferí perderte…”
Así, entre las ráfagas del bolero entonadas por el más famoso de los
cantantes populares de la época, y las ráfagas procedentes del mar
azul que bañaba nuestras costas, transcurría la vida en Barrio de
Oro, nombre dado a aquel engendro de casas de tabloncillo,
alineadas unas contra otras, protegiéndose del tedio y de la
pobreza. Y lo de Barrio de Oro no crean que fue a manera de burla,
no, es que habían sido los Oro quienes compraron aquellas tierras
blancuzcas y sobre ellas fueron levantando las primeras casas,
subdividiendo las manzanas con los nombres de sus hijos: Fernando,
Joaquín, Guadalupe y otros que escapan a mi memoria, ahora tan
ausente de la brisa marinera.
Por aquella época, hablo de cuando tenía ocho o diez años, y a la
salida de la escuela, mi deporte favorito lo constituían las
carreras, competencias de grupos de muchachos, niños y niñas de mi
edad que, con la inocencia a la espalda como fardo, echábamos
literalmente a volar, loma abajo hasta alcanzar el llano y algún que
otro regaño de la abuela, quien cambiaba aspereza por sonrisas ante
la simple promesa de “te juro que no lo vuelvo a hacer…” Pero para
el pobre Chencho las tardes eran sólo el sonido ensordecedor de los
boleros o de las no menos tristes rancheras con las que el enamorado
despechado mandaba mensajes a su amada entre sorbo y sorbo de ron
del más barato del mercado, por cierto. Catalina, por su parte, se
pasaba desde el amanecer hasta la caída del sol delante de la batea,
blanqueando ropa de otros, en el afán de completar el déficit de la
economía familiar, que descansaba en las riesgosas manos de
Rigoberto.
Mi tía, que por aquel momento como toda mujer joven también padecía
de mal de amores, atizaba las brasas del fogón de carbón, espantando
con el reverso de su mano, como si se tratase de una maldición, los
transparentes lagrimones. “…que el mar de amores que tengo…”
(repetía con insistencia el mexicano de la vitrola) “…sólo tu amor
me lo quita. Sólo tu amooor me lo quiiita” Yo, que la seguía con
la mirada indiscreta propia de mi edad, me pregunté muchas veces sin
resultado alguno en la investigación, quién sería el destinatario de
aquel empecinado y frustrado amor. Porque mi tía nunca se casó,
nunca le conocimos hombre alguno. Y eso que era hermosa, poseía un
cuerpo voluminoso y curvilíneo. Un cuerpo que, en concordancia con
el hilo de mis observaciones, había notado ya que impresionaba mucho
a los hombres. Cuando salíamos a la calle, jóvenes y cincuentones
volvían la cabeza tras su paso, para verla andar, y alguno que otro
más lanzado, elaboraba un conquistador piropo. Bella, lo que se
dice bella no era, pero había en su mirada y en su desplazamiento
una especie de reto, una rara y oculta belleza.
La vida cotidiana de nuestra familia fue poco a poco perdiendo paz. Unos “alzados” como escuchaba decir a mis primos mayores, y un grupo
de iracundos paramilitares, tenían los derechos de autor. Así que
nos fuimos del pueblo para la capital en busca de mejor vida y más
seguridad. Yo, entonces, ni noción de qué era aquello. Me
resultaba difícil entender que se le llamara mejor vida a un cuartico pequeño con unas ventanas altísimas por allá arriba, por
las que jamás entraría el sol, y que se emplearan aquellas palabras
para describir el reducido espacio donde, a la hora del sueño, se
apiñaban las camas unas encima de otras.
Nunca más volvimos a saber de los amigos del barrio, ni de Chencho,
y pasarían muchos años antes de volverlos a ver. Las costumbres de
la capital eran diferentes. Allí no se perdía entre los patios la
acariciadora voz de “el bárbaro del ritmo”, ni el olor embriagador
de los platanitos haciendo acrobacias sobre la manteca de cerdo.
Apenas conocíamos a dos o tres vecinos en aquel palomar de cuatro
plantas que habitábamos en El Cerro, y tanto mi madre como mi tía se
vieron precisadas a trabajar fuera de la casa para ayudar a mi padre
a sostenernos. Claro que todo no fue perder, las grandes ciudades
nos cambian la piel, como diría Herman Hess, y ni mi familia ni yo
escapamos a la metamorfosis.
Pasaron
algunos años hasta que se realizara al fin el sueño de unas
vacaciones. El regreso al pueblo de nuestros orígenes fue discreto
aunque contó con la calurosa bienvenida de vecinos y amigos de la
infancia, además de la hospitalidad de nuestros parientes más
cercanos. Yo sentía la necesidad de indagar por Chencho, más no lo
hice. A lo mejor ha muerto, pensé con pesar, pero me guardé mis
comentarios. La gran ciudad había ya dejado su huella en mi
carácter, disminuyendo notablemente las preguntas que llego a
oralizar. En mí ahora todo pensamiento es tamizado antes de hablar.
Dos o tres días después del arribo al viejo terruño, decidimos
recrear otros tiempos y nos fuimos, la familia entera, a disfrutar
de la amada marina donde tan agradablemente gastábamos en otra época
los veranos. Era un indudable privilegio aquel sol bañándonos la
cara con gratitud y aquel mar entero perteneciéndonos, sin intrusos
que nos lo regatearan. El entorno se conservaba intacto: el mar
fiero y, aquí y allá, algún que otro “diente de perro” asomando su
naturaleza con rebeldía. Caído el sol, iniciamos el regreso, un
tanto cansados, con las muestras de agosto impregnadas en nuestra
piel. A mitad del camino de regreso lo vi venir. Era su mismo paso
tambaleante, ahora bastante más lento. La misma mirada brillante y
aquel extraño balbucear que distinguía a Chencho, a un Chencho ahora
mucho más viejo y desmejorado, como mis propios padres.
A
nosotros no nos saludó. No nos dijo absolutamente nada. Su atenta
mirada recayó sobre mi tía Gloria, inspeccionándola de arriba abajo
con sus vidriosos ojos, después se sonrió… y no sin cierta sorna, le
dijo: “Gloria, los años… Los años Gloria, los años…”
¿Tenía aquel triste personaje la capacidad de medir el tiempo y sus
estragos? No lo sé. Lo que sí sé es que eché sobre mi tía una
mirada de reojo y la vi entristecerse, como teniendo, por primera
vez, noción del tiempo y de la edad.
Para esa
época ya los traganíqueles o vitrolas habían enmudecido. Corría el
año 1959 y nuevos gobernantes se entronaban en la capital.
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Rina Lastres
Nació en Manzanillo, Cuba (1946).
Poeta, narradora y guionista radial. Inició estudios de periodismo
en la Universidad de La Habana. Desde 1980 reside en los
Estados Unidos, dedicada a la prensa radial y escrita. Durante cuatro años fue
redactora y gerente de producción de la revista “Industria y
Mundo Turístico”, publicación especializada en turismo, editada
para agentes de viajes en la América Latina. Desde 1987 trabaja
como supervisora de guionistas de radio. Ha publicado el libro
de poesía Hábito de Ser (Madrid,
España) en 2003 y el libro de cuentos Soledad para tres y una
vaca (Miami, Florida, EE.UU.) en 2006.

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