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Antonio Orlando Rodríguez nació en Ciego de
Ávila, Cuba (1956). A los seis años se radicó con su familia en La
Habana. Estudió la carrera de Periodismo en la Universidad de La
Habana. Durante muchos años escribió programas dramatizados para la
radio y la televisión, al mismo tiempo que desarrollaba su carrera
literaria. Se dio a conocer en 1975, al obtener el premio nacional
"26 de Julio"
con el libro Abuelita Milagro. A ese reconocimiento siguieron
cinco premios “Ismaelillo” de literatura infantil, en el Concurso
Nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). En
1985 publica su primer libro para adultos, la colección de cuentos
Strip-tease, a la que sigue, cuatro años después, Querido
Drácula. En 1991 se radicó en Costa Rica, donde fue asesor del
programa nacional de lectura “Un libro, un amigo”, realizado por el
Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, creó la revista de
literatura infantil Cuentaquetecuento y coordinó dos
importantes proyectos para la Oficina Subregional de Educación de la
UNESCO: el Taller Modular de Promoción de Lectura y la edición de
los cinco libros de la colección Biblioteca del Promotor de Lectura.
En 1994 se traslada a Colombia, donde trabaja como subdirector de la
Fundación para el Fomento de la Lectura Fundalectura y concibe y
edita los primeros números de la Revista Latinoamericana de
Literatura Infantil y Juvenil En Bogotá se vincula como
dramaturgo a la compañía Mapa Teatro, para la que escribe la obra
El León y la Domadora, estrenada en 1998 bajo la dirección de
Heidi y Rolf Abderhalden, y publicada por Taller de Talleres. En
Colombia participa en la fundación de la asociación Taller de
Talleres y trabaja como profesor de escritura creativa en posgrados
de distintas universidades. En 1999 se traslada a Miami, donde
trabaja como periodista y escritor independiente. Su bibliografía
incluye, entre otros títulos, libros para niños y jóvenes como
Siffig y el Vramontono 45-A (Gente Nueva, La Habana, 1978);
Cuentos de cuando La Habana era chiquita (Ediciones Unión, La
Habana, 1984); El sueño (publicada por la editorial Artemis,
en Ciudad de Guatemala, con el título Tiquiriquití, Tiquiriquitó,
y ganadora también del premio internacional de novela infantil
Artemis-Edinter 1991), Mi bicicleta es un hada y otros secretos
por el estilo (Impresora Obando, San José, Costa Rica, 1993;
Ediciones Rondalera, Caracas, 1994; Panamericana, Bogotá, 1999);
Un elefante en la cristalería (Editora Abril, La Habana, 1991;
Edilux, Medellín, 1994); Yo, Mónica y el Monstruo (Colina,
Medellín, 1994); El rock de la momia y otros versos diversos
(Alfaguara, Bogotá, 2005), La isla viajera (Panamericana,
Bogotá, 2004), La maravillosa cámara de Lai-Lai
(Panamericana, Bogotá, 2006) y Disfruta tu libertad y otras
corazonadas (Libresa, Quito, 1999); las investigaciones
Literatura infantil de América Latina (UNESCO, San José, Costa
Rica, 1993), Panorama histórico de la literatura infantil de
América Latina y el Caribe (CERLALC, Bogotá, 1994), Puertas a
la lectura (UNESCO, San José, Costa Rica, 1992), y Escuela y
poesía (Magisterio, Bogotá, 1997; Lugar Editorial, Buenos Aires,
2003), y la obra teatral Romerillo en la cabeza
(Panamericana, Bogotá, 2006). Entre su producción más reciente se
destacan las novelas Aprendices de brujo (Alfaguara, Bogotá,
2002; Rayo/HarperCollins, Nueva York, 2005, en español y en inglés,
traducida como The Last Masquerade) y Chiquita
(Alfaguara, Madrid, 2008), ganadora esta última del premio
internacional Alfaguara 2008.
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Strip-tease
"La
actualidad y utilidad de este libro, dentro de la
perspectiva ética que defienden para él su autor y esta
redactora, no se limita al alcance de una crítica de
circunstancias, localista y superficial. Aquí, la
universalidad, lejos de hacer abstracto el enfoque de los
problemas, garantiza la profundidad con que estos se
plantean y obliga a la seria meditación; sin desdeñar la
presencia del elemento lúdicro latente en la mayoría de los
cuentos.
Por si aún faltaran razones para invitar a la búsqueda y
disfrute de Strip-tease, no dejaré de celebrar la limpieza
del lenguaje utilizado, su objetividad, su sencillez, y su
ductibilidad, esa virtud de adecuarse al tema tratado que
ilustra felizmente “Pierrot, Pierrot” con el uso de frases
hechas para recrear una situación absurda de equívocos, y
que se ratifica en la tensión interna –a nivel sintáctico–
lograda en “Hipocampos”, un cuento tan elementalmente cruel."
Madeline Cámara
A favor de un
strip-tease
Revolución y Cultura
La Habana,Cuba
(Julio
de 1986,
pp. 76-77)
"Strip-tease es una obra inusual. No
sólo por ser la primera escrita por el joven narrador para
los adultos, sino también –quizá lo más significativo– por
presentar una temática poco abordada por nuestros escritores
contemporáneos. Porque este no es un cuaderno de cuentos
común y corriente. Aquí el humor negro y el absurdo, la
sátira y la fantasía, se unen para ofrecer una imagen
distinta del ser humano y del mundo."
Fernando
Rodríguez Sosa
Desnudos entre
líneas
Bohemia, No. 32
La Habana, Cuba
(Agosto
de 1986, p. 31)
Mi bicicleta es un hada
y otros secretos por el estilo
"Cuando se traspasa la primera página
del libro de Antonio Orlando Rodríguez, nos aparece ante los
ojos un mundo inefable construido todo él por la maravilla y
el milagro. Y es que el universo que la imaginación del
autor descubre para nosotros, surge de ese territorio de
magia que sólo es dable crear cuando la fantasía del hombre
y su capacidad de fabular han conservado intactos los
recuerdos de los caminos que llevan a las provincias en que
vivió Alicia en el país de las maravillas. Pocas, muy pocas
veces, un escritor logra franquear las fronteras que separan
el mundo que habitamos del universo fascinante que
únicamente los niños poseen y habitan a plenitud. Libros
como Mi bicicleta es un hada y otros secretos por el estilo
son inapreciables regalos que nos abren las puertas del
intangible país de los sueños."
Félix
Pita Rodríguez
Nota de
contracubierta de la primera edición de
Mi bicicleta es un
hada y otros secretos por el estilo
Impresora Obando: San
José, Costa Rica, 1992.
Aprendices de brujo
"Known for his children's books and for two short
story collections, Rodríguez is a nomad with an impressive
talent for impersonation. He was born in Havana, has lived
in Costa Rica and Colombia, and currently resides in the
United States. Aprendices takes readers to 1920s Bogotá, "The
Athens of South America." Situated on a plateau enclosed by
high peaks, the city was known as a keeper of the purest
Castilian, as upheld by a handful of morose Catholic
aristocrats. Rodríguez, a Caribbean by birth, seamlessly
reproduces this dialect and the Bogotano psyche, capturing
the dry wit that practically redeems the Bogotano's
aloofness amid the city's eternal rain. His main characters,
though, are rare and colorful exceptions in this Andean
mausoleum: two gay dandies looking for ways to spend the
fortunes forged by their families, both bastions of the
country's conservative party. No project is too expensive or
futile. After cautious consideration, the couple decides to
cancel a trip to Luxor, Egypt, to check out how debonair the
newly discovered mummy of Tutankhamen looks and instead
travel to Havana to interview Eleonora Duse, the most
elusive of aging divas and a rival of theater actress Sarah
Bernhard. The two gentlemen are violently changed by their
new Caribbean home as they immerse themselves, always
sweating profusely, in its cutthroat artistic world,
Bolshevik meetings, and Santeria spells. Rodríguez's Spanish
is carefully crafted, his prose full of fine humor, and his
plot complex and elegant. Strongly recommended."
Constanza Jaramillo
Revista Criticas
Nueva York,
EE.UU.
(15
de diciembre
de
2005)
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MMM A veces se nace
con una vocación de escritor bien definida y en algunas ocasiones la
inclinación se desarrolla de acuerdo con las circunstancias que se
dan en la vida de cada individuo en particular. ¿Cuál es tu caso?
AOR Desde niño
me gustó inventar historias, sólo que al principio no tenía claro a
través de qué forma prefería materializarlas. Unas veces las
dibujaba o las convertía en “películas” que luego exhibía con un
proyector de vistas fijas. Otras, las “escenificaba” a través de los
juegos con otros niños del barrio o mediante títeres (el teatro de
títeres continúa ejerciendo la misma fascinación sobre mí). Y a
veces, las escribía. Finalmente, descubrí que lo que mejor se me
daba –y lo más acorde con mi personalidad—era la palabra escrita.
No creo
que el hogar fuera una influencia importante en mi vocación de
escritor, pero sí el hecho de que, a partir de los seis años,
empezaron a llegar buenos libros de literatura infantil y juvenil a
mis manos. Tuve la suerte de que al lado de mi casa viviera una
joven que era la secretaria de Alejo Carpentier –quien por entonces
era el director de la Editora Nacional de Cuba. Ella, enterada de mi
afición por la lectura, me regalaba todas las obras para niños y
jóvenes que publicaban. En ese sentido, fui un niño privilegiado,
pues pude disfrutar Los tres mosqueteros, Platero y yo,
La isla misteriosa, Ivanhoe, La cabaña del tío Tom,
Las aventuras de Guille y otros muchos títulos inolvidables.
El descubrimiento del Departamento Juvenil de la Biblioteca Nacional
José Martí, y de todos los tesoros que había en sus estantes,
ratificó mi deseo de escribir historias. Allí leí los libros de Enid
Blyton, Astrid Lindgren, Michael Ende, Tove Jansson, los cómics de
Hergé y otros muchos creadores que alimentaron mi fantasía y el
gusto por los personajes fuera de lo común y los mundos imaginarios.
A los 14
años empecé a colaborar como guionista en un programa estudiantil
que transmitía Radio Progreso, y unos años después me di a conocer
en los círculos literarios cuando gané el concurso nacional 26 de
Julio con mi primer libro de narrativa para niños, titulado
Abuelita Milagro. De ese momento recuerdo una anécdota curiosa.
Mirta Aguirre, la presidenta del jurado que premió mi obra, estaba
convencida de que había sido escrita por alguien de edad avanzada.
Se quedó perpleja cuando descubrió que el autor acababa de cumplir
19 años.
MMM ¿Cómo fue tu
experiencia de escritor dentro de Cuba? Cuéntame de tus logros en la
Isla. ¿Qué libros publicaste?
AOR Algunas
veces me han preguntado por qué empecé escribiendo cuentos para
niños y me dediqué completamente a ese género durante los diez
primeros años de mi carrera. La explicación es muy sencilla. Cuando
escribí mi primer libro, hacía tres años que se había realizado el
tristemente célebre Congreso Nacional de Educación y Cultura de
1972. Como resultado de ese aquelarre, la literatura cubana adquirió
un marcado sesgo ideológico, que afectó seriamente a muchos
creadores y que, en el caso específico de la literatura, interrumpió
durante varios años la publicación de obras de corte fantástico. De
los autores jóvenes que se daban a conocer se esperaban libros
explícitamente comprometidos con el proceso revolucionario y las
editoriales privilegiaban las narraciones que hablaban de
recogedores de café y de agentes de la seguridad del estado. Como
esos temas no me atraían de manera especial, descubrí que la
literatura infantil era algo así como el último reducto de la
fantasía y decidí probar suerte en él. Afortunadamente, ese tipo de
literatura siempre me había atraído y me sentí –y me siento—muy a
gusto en él.
Con el
paso de los años, y después de ganar varias veces el premio nacional
de literatura infantil Ismaelillo, de la Unión de Escritores y
Artistas de Cuba (UNEAC), varias personas empezaron a animarme para
que probara suerte en el terreno de la narrativa para adultos, pero
yo continuaba reticente; primero, porque me encantaba la libertad
imaginativa y humorística que me concedía la literatura infantil;
segundo, porque no me atraía la idea de escribir sobre temas en los
que no me sintiera auténtico y cómodo.
Sin
embargo, un día mi amigo Alberto Batista Reyes, quien dirigía la
editorial Letras Cubanas, me comentó que habían autorizado la
publicación de los cuentos inéditos de Virgilio Piñera –un autor que
llevaba varios años proscrito-- y me dio las copias mecanografiadas
de los libros Un fogonazo y Muecas para escribientes
para que los leyera y me decidiera a transitar a la narrativa “para
grandes”. Sin duda, fue una jugada magistral de su parte. Semanas
después me aparecí en su oficina con “Hipocampos”, mi primer cuento
para adultos, se lo entregué y le dije: “¡Léetelo y dime si se puede
publicar!”. Al día siguiente me llamó por teléfono y me dijo que
siguiera escribiendo. Esos relatos se reunieron en Strip-tease,
cuentos de mal humor, un volumen que circuló en 1985 y que tuvo
críticas muy favorables. De ese libro tengo recuerdos muy variados.
Algunos hermosos, como las llamadas que me hicieron Beatriz Maggi y
Ezequiel Vieta –a quienes no conocía—para felicitarme y comentarme
lo importante que les parecía que un autor de mi generación retomara
la vertiente de la fantasía, el humor negro y el absurdo en la
narrativa. O la tarde en que Pepe Rodríguez Feo me dijo, en la
biblioteca de la UNEAC, que el libro le había gustado y que estaba
bien escrito (en boca de él, ese era un elogio superlativo), y que
estaba seguro de que, de haber podido leerlo, a Virgilio le habría
encantado.
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En 1989
publiqué Querido Drácula, mi segundo libro para adultos, esta
vez animado por Reynaldo González, quien se había hecho cargo de
Ediciones Unión. A diferencia de Strip-tease, esta resultó
una colección de cuentos menos amarga y desesperanzada, en la que
los rasgos predominantes eran la mezcla de ciencia ficción y
fantasía y un humor disparatado y burlón. La razón de ese cambio a
un tono más lúdico la atribuyo a dos motivos: estaba enamorado y
había encontrado a tres amigos escritores que tenían mucho en común
con mi forma de entender la literatura. Eran Daína Chaviano –que
había ganado el premio David de ciencia ficción con Los mundos
que amo y acababa de dar a conocer los cuentos de Amoroso
planeta--, y Chely Lima y Alberto Serret, quienes habían
publicado Espacio abierto, una colección de relatos
fantásticos y de ciencia ficción que dio mucho que hablar.
Comenzamos a reunirnos en el pequeño apartamento que tenían Chely y
Alberto en la calle Trespalacios, en Luyanó, y pronto esos
encuentros se volvieron fundamentales para nosotros. Durante esas
reuniones, que a veces comenzaban en la mañana y podían prolongarse
hasta altas horas de la noche, leíamos y discutíamos nuestros
manuscritos en proceso, hablábamos de mil cosas y comíamos los
manjares que preparaba Serret. A menudo nos invitaban a dar charlas
juntos en distintas ciudades del país y en uno de esos viajes nos
hospedaron en una “casa encantada” donde fuimos testigos, durante
dos noches, de una serie de fenómenos paranormales, episodio que más
tarde Daína recreó, con un matiz humorístico, en su libro El
abrevadero de los dinosaurios.
Como
hacíamos una literatura diferente a la que primaba en los años 1980,
no tardaron en aludir a nosotros como un grupo literario. El crítico
Salvador Redonet Cook nos decía “los fantásticos” o “los cuatro
fantásticos”. Pero en realidad los cuatro éramos cinco, pues también
formaba parte del grupo Sergio Andricaín, quien por entonces
escribía reseñas de libros y trabajaba como investigador de temas
literarios en el Centro Juan Marinello, del Ministerio de Cultura.
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Antonio
Orlando Rodríguez,
Alberto Serret, Chely Lima y Daína Chaviano en
La
Habana (1985)
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Nuestro
grupo era muy hermético, una suerte de cofradía literaria a cuyas
sesiones los “no iniciados” tenían prohibida la asistencia. Que
recuerde, las excepciones fueron Alberto Batista Reyes y Madeline
Cámara, quienes simpatizaban con nosotros y respetaban nuestro
trabajo. Hay que señalar que nuestros textos eran obviados en las
antologías dedicadas a la cuentística joven de la isla (solamente
Madeline nos incluyó en una antología del cuento cubano
contemporáneo que se publicó en México). Aun así, creo que nuestros
libros ejercieron una saludable influencia en algunos nuevos autores
que empezaron a salirse, también, de las aburridas historias de
becados que saturaban el ambiente literario de los años 1980.
Nos
encantaba emprender proyectos colectivos, como una novela de
fantasía en la que cada uno hacía, sin ningún tipo de planificación
previa, un capítulo. En esa etapa escribimos conjuntamente, para la
televisión, los guiones de la serie infantil Que viva el
disparate e incluso la telenovela Hoy es siempre todavía
(título tomado de un verso de Antonio Machado), que fue objeto de
polémicas en periódicos por la forma en que presentaba las
relaciones amorosas entre los jóvenes. Para cada uno de los miembros
del grupo, fue un momento sumamente fructífero. Chely Lima escribió
la novela de ciencia ficción Umbra (que, a pesar de haber
ganado el Premio UNEAC, nunca vio la luz y hoy está perdida);
Alberto dio a conocer los cuentos de Consultorio terrícola, y
juntos hicieron las historias policíacas de Los asesinos las
prefieren rubias y el libreto de Violente, la primera
ópera rock cubana. Por su parte, Daína escribió Confesiones
eróticas y otros hechizos y cuentos como “Nuestra señora de los
ofidios” y “Ciudad de extraño rostro” (este último inspirado también
en nuestras “reuniones secretas”). Yo escribí El Sueño, una
novela para niños inspirada en motivos de la mitología afrocubana.
Me he extendido al hablar de esta etapa porque fue clave para mi
evolución como escritor y para reafirmarme en el tipo de literatura
que quería hacer y que desde entonces he seguido haciendo. Para
nosotros, esos encuentros eran una celebración de la libertad
creadora. Solíamos decir, en broma, que el apartamento de
Trespalacios era algo así como “La Zona” de la que se habla en la
película Stalker, de Tarkovski: un lugar donde todos los
sueños y los deseos podían convertirse en realidad y escapar de un
entorno que con frecuencia nos resultaba gris y hostil.
MMM ¿Por qué
decidiste dejar atrás una carrera establecida en el mundo de las
letras e irte en busca de otros horizontes fuera de la Isla?
AOR Voy a
responder tu pregunta con un cuento que fue muy popular en Cuba en
mi juventud. Un perrito ruso logra colarse en un avión y aterrizar
en Nueva York. Allí se encuentra con un perro callejero que le dice.
“¿Estás loco? ¿Cómo se te ocurrió irte de tu país? Allá tenías un
techo garantizado, comida, medicinas… Aquí no tendrás nada de eso”.
A lo que el perrito ruso responde, con un suspiro: “Quizás tengas
razón en lo que dices. Pero… es tan rico ladrar”.
Digamos que me fui a
los 34 años de edad para poder crecer y ser realmente adulto, para
librarme de la tutela de un gobierno que se empeña en tomar
decisiones por sus ciudadanos, en tratarlos
como si fueran eternos niños o minusválidos mentales. Que le repite
a la gente desde que nace, una y otra vez, durante años y años, que
no serás capaz de sobrevivir lejos de su ala protectora. Bueno,
pues no sólo sobreviví, sino que logré seguir adelante con mi
carrera literaria.
MMM ¿Cómo ha sido
tu experiencia de escritor fuera de Cuba? Háblame de tus más
recientes publicaciones y del premio
que acabas de ganar.
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AOR En 1991 fui invitado a impartir un
taller de escritura en la Feria Internacional del Libro de
Bogotá y decidí no regresar a Cuba. Ese mismo año viajé a Costa
Rica, donde tuve la suerte de conocer a Flora Marín de Sasá,
quien entonces era la directora nacional de Cultura de ese país,
y participé con ella en la creación de importantes proyectos,
como la creación del Programa Nacional de Lectura “Un libro, un
amigo”. También colaboré con la Oficina de la UNESCO en
proyectos culturales para Centroamérica. En 1994 me fui a vivir
a Bogotá, donde trabajé varios años, primero con Fundalectura y
luego con la asociación Taller de Talleres. |

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