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De lo
que más me cuesta hablar es de lo que sucedía cuando
bebíamos demasiado, una y otra tarde, una y otra noche.
L.
Mateo Díez
Pedían una copa y se sentaban, con las manos
unidas, provistos de un aire reciente, casi en los límites de una
juventud ensimismada y sólida, ajena al alboroto efímero de los que
no conocen su lugar de privilegio entre los otros. Ella miraba la
sombra del hombre y sonreía; eran los labios que el amor dibujaba en
su boca; y eran los ojos de la inocencia y del fervor. El, en
cambio, levantaba un rostro de ojos huidizos, con un mentón
femenino, y observaba la puerta por donde entraba la luz de una
tarde cualquiera de invierno.
Cuento esto
porque los vi muchas tardes, algunos meses, hechos a la costumbre de
sentarse en el sofá más alejado de la puerta, bebiendo a sorbos
lentos pero obstinados las copas que el hombre se levantaba a
pedirme cada cierto tiempo, con ojos de éxtasis, brillantes y
oscuros, humildes casi al final de la tarde.
Luego, en
algún momento, los he visto abrazados y llorando, con la insistencia
de los que sufren un malentendido o una condena doméstica. En
ocasiones, era yo mismo el que les llevaba las copas hasta el sofá y
los veía abrazados, con los labios húmedos y una mirada de ensueño,
esa misma mirada que muestran las parejas jóvenes mientras se besan
a escondidas del mundo.
Al principio
bebían para calmar la sed de un amor primerizo e impetuoso, y era
todo una misma fiebre, el alcohol y los besos, las caricias furtivas
y la promesa de la noche. Luego, en algún momento, debieron decidir
que aquellas tardes que compartían en un café anónimo, sentados en
un rincón, mientras se besaban ocultos en la penumbra de la sala
estaban hechas de la sustancia de sus besos y del alcohol que
tomaban con una cierta voracidad, entregados a la certeza de que
ocupaban un espacio prohibido e ilegítimo y de que las copas los
despojaban de su condición de amantes clandestinos, refugiados en
las sombras de la tarde, entretenidos en el rito de la piel mientras
asistían al espectáculo de la fugacidad del tiempo y sobrevenía la
noche en las ventanas del bar con su dote de desencanto y de
miseria.
Desde la barra
miraba sus caras sorprendidas por la inminencia de la noche, y
notaba el nerviosismo en los gestos del hombre y el desagrado en el
ademán de la mujer. A veces me pedían la última ronda antes de irse,
con lengua torpe y pupilas extraviadas, simulando una compostura que
habían perdido a lo largo de la tarde, en el trasiego de copas y de
besos, en un tiempo que ya no era el tiempo real de la noche, el
tiempo de la culpa y del remordimiento.
Recuerdo que
me pagaban avergonzados y que el hombre me extendía el dinero con la
cara baja y los ojos entreabiertos como si se ocultara a sí mismo
una identidad que podría delatarle, en la certeza de que estaba en
un lugar erróneo, tal vez también con una mujer equivocada. Yo no
podía saber esto, si no era por lo que imaginaba en ellos, por el
conocimiento de sus vidas que rescataba de manera eficaz del
silencio y de las palabras que repartían sin medida entre ellos,
enclaustrados en una fortaleza sin nombre, desprovistos de leyes y
de hábitos, porque eran nuevos en esa enfermedad de la carne y
tenían la seguridad de habitar un mundo a su medida.
El amor
enloquece en ocasiones, pero ellos bebían toda la tarde, hablaban y
se besaban, indiferentes al bullicio de la sala, dedicados por
completo a la celebración de su propio deseo, y de esta forma iban
construyendo su memoria sentimental, no sólo de palabras y gestos de
ternura, sino también de aquel extraño rito de las tardes y del
alcohol, que los protegía de un mundo tal vez hostil o incierto.
Miraba sus ojos y los veía llenos del rechazo que todo les iba
produciendo, a ellos que ya no tenían los pies sobre la tierra,
porque el amor les concedía esa facultad ingrávida de los que no
necesitan tocar el suelo para vivir.
En sus ojos
estaba todo, si uno acertaba a descifrar la proporción de júbilo y
de insolencia, la zozobra de la esperanza y el desconsuelo. La
mezcla del fervor que los consumía, la ginebra y el sentimiento de
repulsa, de sentirse extranjeros en su provincia y con su gente
obraba en ellos como un bebedizo, subyugados a la seducción de la
tarde consumida lentamente, mientras se besaban contra el tiempo y
conspiraban en voz baja, unidos como si la vida les fuera adversa y
alguien, allá fuera, en el invierno de las calles, los estuviera
esperando para pedirles cuentas.
Recuerdo que
la primera vez llegaron en otoño y que unos meses más tarde, antes
de que la primavera los hubiese mudado del todo, seguían sentados en
el sofá de eskay, tomando a sorbos cortos la ginebra con tónica y
fumando, refugiados en su propio calor, vueltos sobre sí mismos e
ignorantes de la oscuridad y del frío que rugía en las ventanas. El
invierno castigaba la ciudad, y era más entrañable el calor del bar
y la euforia de las copas trasegadas. De vez en cuando alguien
entraba y la puerta entreabierta dejaba ver una luz de ceniza y de
frío, un ámbito extraño y desfavorable, al que ya no pertenecíamos
del todo, los clientes habituales de las tardes y yo mismo que los
veía ocupar su espacio en la sala, aposentarse en aquel universo de
música y de humo, como si en adelante su existencia dependiera
exclusivamente de aquel bar. A fuerza de frecuentarlos, los lugares
terminan adquiriendo nuestras propias carencias y manías en un
proceso extraordinario en el que personas y objetos acabamos
pareciéndonos sin remedio.
Observaba al
hombre y a la mujer abrazados en el sofá, bebiendo sus copas y
fumando, atentos a los detalles de la vida allá dentro, pero también
a la espera de las escasas noticias que llegaban del otro lado de
las ventanas. El mundo proseguía en la otra parte de la puerta, y
nadie en aquella sala podría olvidarlo del todo.
Es verdad que
uno entra a un sitio así para buscar consuelo y evasión, como si
huyera del otro lado de su propia vida, pero muy pronto cambia la
rebeldía por la nostalgia y llama exilio a una simple excursión
nocturna.
Ni el hombre
ni la mujer recordaban el camino de vuelta. Salían y entraban cada
tarde, y pasaban los meses con la certidumbre de que se hallaban
siempre en un mismo territorio, al menos mientras bebían,
enfrascados en alguna de aquellas largas conversaciones de amor,
secretas e intensas como una confidencia, atrapados ambos en la
trampa del amor furtivo, aunque ninguno de ellos hubiese aceptado
esta condición, porque no iban a admitir la censura de nadie.
Perdían, desde luego, la conciencia del tiempo, olvidados del mundo
y de los otros, y por unas horas cambiaban de nombre y de destino y
contaban mentiras, más disparatadas conforme iban vaciando las
copas, y entraba la noche a retazos y los pillaba con los ojos
sorprendidos, despiertos de improviso, asustados por un segundo tal
vez.
Una de
aquellas tardes tuve la convicción de que el hombre no estaba solo y
de que ella tenía aquel juego perdido de antemano. No podría decir
cómo lo supe. Lo supe y basta. Esas cosas ocurren. Vienen a uno y no
puede uno evitarlas, por más que destilen dolor y repulsa, abandono
y deshonra. Aunque en los ojos de la mujer pude, al fin, recabar esa
especie de conocimiento puro sobre la maldad que nadie posee con más
derecho que una mujer solitaria. No sé si me explico. Ella sabe y
acepta que el hombre no se quedará, que en algún momento de la
noche, justo antes del alba, recogerá sus cosas, la besará en la
boca y se marchará como un ladronzuelo, pero sin nada más que el
aroma de ella y unas pocas palabras de amor pronunciadas en voz
baja.
Esto explica
la actitud del hombre cuando bebe, mientras se lleva la copa a los
labios y saborea el licor y experimenta, por un segundo
interminable, la falsa libertad de la embriaguez, la estúpida
certidumbre de que todo puede ocurrir, aun a sabiendas de que no va
a ocurrir nada distinto a lo que viene ocurriendo todos los días, a
la misma hora casi, en un orden semejante. El hombre tiene su
costumbre, los prolegómenos de sus actos, la disposición de sus
ideas, el lugar exacto de todas las emociones, que no es capaz de
controlar del todo. Cualquiera podría comprender esto que digo.
Si el hombre
se despide de la mujer a una misma hora de la noche no es porque
prevalezca en él el hábito sobre los sentimientos, sino porque al
fin todo acaba por acomodarse a un ritmo, a un fluir irrevocable, a
una rutina.
Esto que
cuento lo observo prácticamente todas las noches a la hora en que me
abona la cuenta, recoge los cigarrillos y el mechero, ayuda a la
mujer mientras se pone el abrigo y da las buenas noches a los
últimos parroquianos de la barra. A esas horas a los dos se les nota
el desvarío perceptible en los ojos y una blandura en el andar que
disimula el abrigo y que les pone a ambos una nota agridulce de
pérdida. Desde la barra pienso en ellos unos minutos y me pregunto
por el lugar en el que pasarán la noche, juntos o en la soledad que
cada uno ha elegido para sí mismo, hasta el encuentro del día
siguiente o de cualquier otro día. Nadie sabe en realidad qué nos
deparará el mañana, pero la mujer ha entendido que la suma de todos
sus días no dará como resultado un día mejor, un día al lado del
hombre sin prisas, sin una hora fija para de volver a casa, sin
remordimientos.
Pero al día
siguiente vuelven a encontrarme detrás de la barra, y ya no les
pregunto, les lleno las copas, mientras los saludo con una media
sonrisa de complicidad, aunque no hay insolencia, no podría
permitírmelo, yo no veo otra cosa que dos clientes sentados cada
tarde en el sofá del fondo, mientras consumen sus copas y charlan
animadamente. En ocasiones se besan, discuten, ríen, y la mujer se
enfada, le increpa, lo amenaza, aunque él sabe que no dará el primer
paso, no tendrá valor para dejarlo allí solo con la copa en la mesa
y una actitud de contrariedad y de estupidez. Por eso muestra un
rostro desafiante, un ademán de soberbia exagerada que, en el fondo,
no es otra cosa que un burdo farol. Yo lo sé, pero la mujer lo
ignora, porque tal vez posea esa clase de fe que mujeres como ella
necesitan para vivir. En fin, a este bar llegan hombres como él a
docenas. En cambio mujeres así no hay muchas. Al menos yo no las
conozco.
Todas las
tardes beben casi la misma cantidad de alcohol, como si obedecieran
el protocolo riguroso de un dipsómano obsesivo. Yo creo, sin
embargo, que es su medida, las copas que el hombre y la mujer toman
a lo largo de una tarde, mientras se mienten al oído y se acarician
con torpeza, embotados por el alcohol y por la sospecha de haber
sido recluidos en una celda de castigo, en un cuarto cerrado y
oscuro al que nadie tiene acceso y del que no les va a ser fácil
salir. Esto es, al menos lo que descubro en sus ojos cuando pagan y
salen a la noche reciente, tambaleantes, descuidados, casi ciegos en
el umbral del mundo que rehúyen como se rehúye el infierno. Ignoro
el camino de regreso a casa, porque nunca me he tomado el trabajo de
seguirlos por el dédalo de calles de esta ciudad sombría, pero
imagino que no lo hacen juntos hasta el final, que el hombre la
lleva a la casa que ella comparte con otras compañeras del trabajo,
la besa en la boca y se marcha a su propia casa aliviado de la
tensión permanente, del permanente desafío que él establece consigo
mismo para merecer el cuerpo de ella, su figura de cera y de sueño,
su boca sin tiempo ni recato, sus manos impúdicas y complacientes.
Luego en el
lecho, dormido junto a su esposa sueña con ella de nuevo, abrazado
al milagro de su cuerpo que tanto añora dentro de la casa, aunque se
halle, al fin, a salvo, lejos de la precariedad y de la aventura,
lejos de la noche que va cerniéndose sobre las ventanas del bar y le
produce una cierta congoja, un sentimiento de culpa acrecentándose
conforme se va acercando la hora del regreso. Es verdad que ya no
los veo, que no puedo saber con exactitud quién utiliza mejor las
palabras para mentir, o quien necesita imperiosamente de una verdad
ficticia y excesiva para conciliar el sueño y conceder el olvido.
En realidad yo
no sé por qué beben todas las tardes, sentados y unidos por un
sentimiento de pérdida, acaso por un error cronológico o una
sencilla inexactitud en sus propias biografías. No sé, porque no se
lo he preguntado a ninguno de ellos, qué buscan cada tarde, a quien
convocan, qué palabras misteriosas pronuncian en voz baja, cuerpo a
cuerpo hasta cubrir en su totalidad el espacio lento y monótono de
la tarde y su disolución en las sombras, en la desmemoria o en la
crueldad gratuita de la separación final.
Beben mientras
tanto, porque tal vez no les importa nada lo que sucede a su
alrededor, el mundo que ellos habitan con la ceguera imprescindible
de los que acaban de llegar a la ceremonia de la carne. Esto es lo
que ambos muestran en sus ojos cuando vienen y se sientan juntos en
el sofá del fondo, y después, un par de horas más tarde, envueltos
en el crepúsculo dulzón de la ginebra y de la noche recién
inaugurada, con la humedad de las lágrimas y del alcohol en sus ojos
habituados al desengaño, mientras salen a la calle y emprenden el
camino de regreso.
Yo creo que
beben para admitir ese margen turbio de resignación y clandestinidad
al que parecen condenados por un crimen previo que tal vez
cometieron en otra vida. Y, sin embargo, observo su inocencia y me
estremecen las formas de una ternura ingenua, elemental y sincera, a
la que no tenemos más remedio que llamar amor, aunque nos duela un
poco a todos, a mí también que vigilo sus idas y venidas y les
guardo con afecto este lugar de encuentro. Así lo han entendido
también ellos, y me saludan con afabilidad, felices de tenerme aquí
cerca, al alcance de su mano como un ángel de la guarda que los
provee de ginebra y de agua tónica, que les sirve las copas y les
añade limón y hielo, testigo mudo de su idilio y de su embriaguez
que son al cabo una misma cosa, porque uno se vale de la otra para
adquirir la consistencia de un sueño o de un disparate, de un viaje
hacia ningún lugar o del mero escarceo adolescente de las manos y
los labios para convocar la pasión cada tarde del invierno de cinco
a ocho.
Yo sé que
ellos guardan su enigma con la convicción inocente de que nadie lo
conoce, porque es sólo una verdad suya, incomprensible para el resto
de los seres humanos y, acaso también, censurable. En el espacio de
la dicha existe a veces un margen prohibido, un territorio
inasequible que contamina a quien lo franquea con inconsciencia o
soberbia. Ellos han vulnerado alguna ley y, tal vez, por esto andan
como huidos, acosados por un poder invisible que no los deja
descansar ni amarse a la luz del día.
Por eso beben
mientras se acarician y conversan, mientras inventan para ellos una
identidad diferente, una coartada que les permita seguir viviendo
con impunidad. Su secreto es también su condena. Algo en sus ojos
medrosos y en la actitud de sorpresa continua los delta, porque no
pueden impedir que los otros los observen con detenimiento y les
construyan una existencia fingida, una biografía posible. Están
seguramente marcados por su propio silencio, por el cuidado excesivo
que muestran para moverse por la ciudad sin levantar sospechas,
confundidos entre la corriente anodina del resto de los hombres y de
las mujeres que pueblan la ciudad. A ellos les gustaría ser como los
demás, tener sus rostros de costumbre y vestir sus atuendos
anónimos, pasar desapercibidos entre la multitud, ser tan sólo un
nombre y unas fechas en algún remoto registro, y no contar para casi
nadie, no existir apenas en el acontecer de los otros ni para bien
ni para mal. El amor tiene, tal vez, estos afanes heroicos que
únicamente los amantes entienden, confabulados en un pequeño grupo
de escogidos que se reconocen cuando se encuentran, y que se saben
poseedores de la pureza y de la ternura, al margen de los mezquinos
intereses que guían los ayuntamientos convencionales y que no suelen
llegar a buen puerto.
Los miro e
improviso una historia que tal vez no les pertenezca, pero que es la
historia que ellos guardan para mí, mientras se sientan cada tarde
en el sofá del fondo y piden las copas y conversan como si
estrenaran la vida. No sé lo que dicen porque no puedo oírlos y, sin
embargo, los conozco, estoy al tanto de sus conspiraciones y de sus
reservas y tengo conocimiento, conocimiento inventado por su puesto,
del lugar al que se dirigen cuando cae la tarde y se hace la
oscuridad. No estoy seguro de que su verdadera historia me
interesara, aunque ya no soy capaz de concebir una fábula distinta a
esta que me cuento todos los días y que ni siquiera a ellos, si la
conocieran, les hubiera parecido importante.
Un día de
finales de Abril percibo la sombra del hastío y noto con desagrado
en el rostro de ella la contrariedad, el abandono, la desazón que
produce el descubrimiento de que ya nada nos complace, como si de
repente se nos hubiese enfriado la sangre y el mundo careciera de la
intensidad que en un tiempo le habíamos atribuido por error.
Ignora el
hombre los cambios que han ido operándose en ella, porque hace
muchos días que ya no la ve, que no distingue los detalles de sus
rasgos, la tristeza de sus palabras apenas susurradas al oído.
Además en ningún momento admitirá que algo ha sido modificado en la
exacta repetición de gestos y palabras, de caricias y promesas. Todo
está en su sitio en apariencia. A la misma hora entran en la
cafetería, se acomodan en su lugar de siempre y piden las primeras
copas. El mismo camarero, que soy yo, les sirve las bebidas sin
percatarse de que ellos ya no obedecen a la necesidad de los
primeros días, de que no entrelazan sus manos ni se miran a los ojos
ni se besan, aunque permanezcan unidos, y de que sus ojos ya no
reflejan la limpieza y el brillo de entonces.
Me doy cuenta
de que el hombre me exige las bebidas y casi grita las palabras que
utiliza para dirigirse a mí. Percibo que le tiemblan las manos y que
le suda el rostro abotargado, que tiene dificultad para expresarse y
que se tambalea ostensiblemente. Imagino que está borracho, que ha
perdido ya el camino de vuelta hacia la mujer que lo espera sentada
en el sofá, con los ojos desencajados y una media sonrisa estúpida,
una actitud de vacío y desencanto que por un minuto asumo con dolor,
a sabiendas de que mi inocencia es parte del juego, de que soy
testigo de una liturgia cuyo sentido se extingue paulatinamente.
Quiero
decirles entonces a ambos que no retrocedan ni un solo paso, que se
tomen de la mano y se prometan fidelidad y amor eterno, que no
sucumban a la grosería del paso del tiempo, a la cómoda zafiedad de
los que envilecen su fortuna con chistes sucios y palabras
obscenas, que se comprometan a crear de nuevo el mundo, a crearlo a
su medida y a su antojo porque juntos son dioses y poseen el poder
absoluto del amor, que nombren su amor nuevamente y partan de cero y
recuperen el significado original de la carne y de la piel, que
consideren la vida como un botín del cielo y la tomen con ganas y la
disfruten y la honren con inteligencia, que sean, al fin, una sola
carne y ardan para siempre en el fuego inextinguible del deseo.
Entonces
desaparecen de súbito. Durante meses los echo de menos, solo al otro
lado de la barra, sirviendo las bebidas que ellos ya no tomarán,
pero acordándome de cada uno de sus gestos y deseándoles una larga y
venturosa unión, convencido de que comparten un pequeño apartamento
en las afueras, un coche de segunda mano y de que tal vez se hallan
esperando a su primer hijo y se sienten felices. Me alegro por
ellos. Me consuela pensar que todo ha salido bien por una vez al
menos.
Por eso, la
tarde en que entran en la sala como recién venidos del infierno,
cubiertos con harapos y sucios, cogidos de la mano pero con la
actitud de los que ya no aguardan nada porque la vida se ha
encargado de arrebatarles el último vestigio de esperanza, llegados
de un tiempo infausto a este otro margen del mundo, desconocido para
ellos que apenas poseen el vigor necesario para abrir los ojos y
recordar, descubro que en esa imagen estrafalaria y ruinosa están
ellos otra vez, los mismos de entonces, aquellos que se sentaban en
un sofá del fondo para beber y besarse, que conversaban con pasión y
consumían la tarde inmersos en el deseo postergado, en el afán
manifiesto de sus manos.
Los veo
debilitados por el hambre y la indigencia, perdidos definitivamente
en algún meandro peligroso del tiempo y, cuando me piden las copas y
dejan las monedas de la limosna sobre la barra, me entran unas ganas
inmensas de llorar, de acompañarlos en su desdicha, sentados en el
sofá de siempre, mientras beben y se besan con amor.
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Pascual García
nació
en Moratalla, España (1962). Poeta, narrador, ensayista y crítico
literario.
Es doctor en Filosofía y Letras y profesor de Lengua y Literatura
Española. Ha participado en las siguientes antologías: Cuentos
de verano (Murcia, 1997), De literatura murciana actual (Murcia,
1998) y 20 voces nuestras (Murcia, 1998). Ha obtenido premios
en diversos certámenes literarios. Ha publicado los libros de
cuentos: El intruso,
que escribió con una Beca del Ministerio de
Cultura (Barcelona, 1995) y
Todos los días amor,
que fue seleccionado como "Mejor
Libro Murciano del Año" de narrativa
(Madrid,
1999).
En poesía:
Fábula del tiempo (Murcia, 1999), El invierno en sus brazos
(Murcia, 2001) que
mereció el Premio al "Mejor Libro Murciano del Año" y Luz para
comer el pan (Madrid, 2002). En novela: Nunca olvidaré
tu nombre (Barcelona, 2003). En ensayo: El
lugar de la escritura (Universidad de Murcia, 2004) y El paraíso
en viaje a la penumbra. La obra literaria de Pedro García Montalvo
(Murcia, 2005). Ha ejercido
la crítica de libros
en el diario La Verdad, en diversas revistas especializadas y en
otros medios audiovisuales. En la actualidad trabaja como
asesor en la Editora Regional de Murcia.

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