Miami
Estados Unidos
Año IX

Nº 53/54

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

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Directora de Redacción

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Miami Dade College

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Asesor Técnico

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Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

Boletín Informativo

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MIENTRAS BEBEN

por

Pascual García

 

De lo que  más me cuesta hablar es de lo que sucedía cuando

 bebíamos demasiado, una y otra tarde, una y otra noche.

                                                                 L. Mateo Díez

 

     Pedían una copa y se sentaban, con las manos unidas, provistos de un aire reciente, casi en los límites de una juventud ensimismada y sólida, ajena al alboroto efímero de los que no conocen su lugar de privilegio entre los otros. Ella miraba la sombra del hombre y sonreía; eran los labios que el amor dibujaba en su boca; y eran los ojos de la inocencia y del fervor. El, en cambio, levantaba un rostro de ojos huidizos, con un mentón femenino, y observaba la puerta por donde entraba la luz de una tarde cualquiera de invierno.

     Cuento esto porque los vi muchas tardes, algunos meses, hechos a la costumbre de sentarse en el sofá más alejado de la puerta, bebiendo a sorbos lentos pero obstinados las copas que el hombre se levantaba a pedirme cada cierto tiempo, con ojos de éxtasis, brillantes y oscuros, humildes casi al final de la tarde.  

     Luego, en algún momento, los he visto abrazados y llorando, con la insistencia de los que sufren un malentendido o una condena doméstica. En ocasiones, era yo mismo el que les llevaba las copas hasta el sofá y los veía abrazados, con los labios húmedos y una mirada de ensueño, esa misma mirada que muestran las parejas jóvenes mientras se besan a escondidas del mundo.

     Al principio bebían para calmar la sed de un amor primerizo e impetuoso, y era todo una misma fiebre, el alcohol y los besos, las caricias furtivas y la promesa de la noche. Luego, en algún momento, debieron decidir que aquellas tardes que compartían en un café anónimo, sentados en un rincón, mientras se besaban ocultos en la penumbra de la sala estaban hechas de la sustancia de sus besos y del alcohol que tomaban con una cierta voracidad, entregados a la certeza de que ocupaban un espacio prohibido e ilegítimo y de que las copas los despojaban de su condición de amantes clandestinos, refugiados en las sombras de la tarde, entretenidos en el rito de la piel mientras asistían al espectáculo de la fugacidad del tiempo y sobrevenía la noche en las ventanas del bar con su dote de desencanto y de miseria.

     Desde la barra miraba sus caras sorprendidas por la inminencia de la noche, y notaba el nerviosismo en los gestos del hombre y el desagrado en el ademán de la mujer. A veces me pedían la última ronda antes de irse, con lengua torpe y pupilas extraviadas, simulando una compostura que habían perdido a lo largo de la tarde, en el trasiego de copas y de besos, en un tiempo que ya no era el tiempo real de la noche, el tiempo de la culpa y del remordimiento.

     Recuerdo que me pagaban avergonzados y que el hombre me extendía el dinero con la cara baja y los ojos entreabiertos como si se ocultara a sí mismo una identidad que podría delatarle, en la certeza de que estaba en un lugar erróneo, tal vez también con una mujer equivocada. Yo no podía saber esto, si no era por lo que imaginaba en ellos, por el conocimiento de sus vidas que rescataba de manera eficaz del silencio y de las palabras que repartían sin medida entre ellos, enclaustrados en una fortaleza sin nombre, desprovistos de leyes y de hábitos, porque eran nuevos en esa enfermedad de la carne y tenían la seguridad de habitar un mundo a su medida.

     El amor enloquece en ocasiones, pero ellos bebían toda la tarde, hablaban y se besaban, indiferentes al bullicio de la sala, dedicados por completo a la celebración de su propio deseo, y de esta forma iban construyendo su memoria sentimental, no sólo de palabras y gestos de ternura, sino también de aquel extraño rito de las tardes y del alcohol, que los protegía de un mundo tal vez hostil o incierto. Miraba sus ojos y los veía llenos del rechazo que todo les iba produciendo, a ellos que ya no tenían los pies sobre la tierra, porque el amor les concedía esa facultad ingrávida de los que no necesitan tocar el suelo para vivir.

     En sus ojos estaba todo, si uno acertaba a descifrar la proporción de júbilo y de insolencia, la zozobra de la esperanza y el desconsuelo. La mezcla del fervor que los consumía, la ginebra y el sentimiento de repulsa, de sentirse extranjeros en su provincia y con su gente obraba en ellos como un bebedizo, subyugados a la seducción  de la tarde consumida lentamente, mientras se besaban contra el tiempo y conspiraban en voz baja, unidos como si la vida les fuera adversa y alguien, allá fuera, en el invierno de las calles, los estuviera esperando para pedirles cuentas.

     Recuerdo que la primera vez llegaron en otoño y que unos meses más tarde, antes de que la primavera los hubiese mudado del todo, seguían sentados en el sofá de eskay, tomando a sorbos cortos la ginebra con tónica y fumando, refugiados en su propio calor, vueltos sobre sí mismos e ignorantes de la oscuridad y del frío que rugía en las ventanas. El invierno castigaba la ciudad, y era más entrañable el calor del bar y la euforia de las copas trasegadas. De vez en cuando alguien entraba y la puerta entreabierta dejaba ver una luz de ceniza y de frío, un ámbito extraño y desfavorable, al que ya no pertenecíamos del todo, los clientes habituales de las tardes y yo mismo que los veía ocupar su espacio en la sala, aposentarse en aquel universo de música y de humo, como si en adelante su existencia dependiera exclusivamente de aquel bar. A fuerza de frecuentarlos, los lugares terminan adquiriendo nuestras propias carencias y manías en un proceso extraordinario en el que personas y objetos acabamos pareciéndonos sin remedio.

     Observaba al hombre y a la mujer abrazados en el sofá, bebiendo sus copas y fumando, atentos a los detalles de la vida allá dentro, pero también a la espera de las escasas noticias que llegaban del otro lado de las ventanas. El mundo proseguía en la otra parte de la puerta, y nadie en aquella sala podría olvidarlo del todo.

     Es verdad que uno entra a un sitio así para buscar consuelo y evasión, como si huyera del otro lado de su propia vida, pero muy pronto cambia la rebeldía por la nostalgia y llama exilio a una simple excursión nocturna.

     Ni el hombre ni la mujer recordaban el camino de vuelta. Salían y entraban cada tarde, y pasaban los meses con la certidumbre de que se hallaban siempre en un mismo territorio,  al menos mientras bebían, enfrascados en alguna de aquellas largas conversaciones de amor, secretas e intensas como una confidencia, atrapados ambos en la trampa del amor furtivo, aunque ninguno de ellos hubiese aceptado esta condición, porque no iban a admitir la censura de nadie. Perdían, desde luego, la conciencia del tiempo, olvidados del mundo y de los otros, y por unas horas cambiaban de nombre y de destino y contaban mentiras, más disparatadas conforme iban vaciando las copas, y entraba la noche a retazos y los pillaba con los ojos sorprendidos, despiertos de improviso, asustados por un segundo tal vez.    

     Una de aquellas tardes tuve la convicción de que el hombre no estaba solo y de que ella tenía aquel juego perdido de antemano. No podría decir cómo lo supe. Lo supe y basta. Esas cosas ocurren. Vienen a uno y no puede uno evitarlas, por más que destilen dolor y repulsa, abandono y deshonra. Aunque en los ojos de la mujer pude, al fin, recabar esa especie de conocimiento puro sobre la maldad que nadie posee con más derecho que una mujer solitaria. No sé si me explico. Ella sabe y acepta que el hombre no se quedará, que en algún momento de la noche, justo antes del alba, recogerá sus cosas, la besará en la boca y se marchará como un ladronzuelo, pero sin nada más que el aroma de ella y unas pocas palabras de amor pronunciadas en voz baja. 

     Esto explica la actitud del hombre cuando bebe, mientras se lleva la copa a los labios y saborea el licor y experimenta, por un segundo interminable, la falsa libertad de la embriaguez, la estúpida certidumbre de que todo puede ocurrir, aun a sabiendas de que no va a ocurrir nada distinto a lo que viene ocurriendo todos los días, a la misma hora casi, en un orden semejante. El hombre tiene su costumbre, los prolegómenos de sus actos, la disposición de sus ideas, el lugar exacto de todas las emociones, que no es capaz de controlar del todo. Cualquiera podría comprender esto que digo.

     Si el hombre se despide de la mujer a una misma hora de la noche no es porque prevalezca en él el hábito sobre los sentimientos, sino porque al fin todo acaba por acomodarse a un ritmo, a un fluir irrevocable, a una rutina.

     Esto que cuento lo observo prácticamente todas las noches a la hora en que me abona la cuenta, recoge los cigarrillos y el mechero, ayuda a la mujer mientras se pone el abrigo y da las buenas noches a los últimos parroquianos de la barra. A esas horas a los dos se les nota el desvarío perceptible en los ojos y una blandura en el andar que disimula el abrigo y que les pone a ambos una nota agridulce de pérdida. Desde la barra pienso en ellos unos minutos y me pregunto por el lugar en el que pasarán la noche, juntos o en la soledad que cada uno ha elegido para sí mismo, hasta el encuentro del día siguiente o de cualquier otro día. Nadie sabe en realidad qué nos deparará el mañana, pero la mujer ha entendido que la suma de todos sus días no dará como resultado un día mejor, un día al lado del hombre sin prisas, sin una hora fija para de volver a casa, sin remordimientos.

     Pero al día siguiente vuelven a encontrarme detrás de la barra, y ya no les pregunto, les lleno las copas, mientras los saludo con una media sonrisa de complicidad, aunque no hay insolencia, no podría permitírmelo, yo no veo otra cosa que dos clientes sentados cada tarde en el sofá del fondo, mientras consumen sus copas y charlan animadamente. En ocasiones se besan, discuten, ríen, y la mujer se enfada, le increpa, lo amenaza, aunque él sabe que no dará el primer paso, no tendrá valor para dejarlo allí solo con la copa en la mesa y una actitud de contrariedad y de estupidez. Por eso muestra un rostro desafiante, un ademán de soberbia exagerada que, en el fondo, no es otra cosa que un burdo farol. Yo lo sé, pero la mujer lo ignora, porque tal vez posea esa clase de fe que mujeres como ella necesitan para vivir. En fin, a este bar llegan hombres como él a docenas. En cambio mujeres así no hay muchas. Al menos yo no las conozco.

     Todas las tardes beben casi la misma cantidad de alcohol, como si obedecieran el protocolo riguroso de un dipsómano obsesivo. Yo creo, sin embargo, que es su medida, las copas que el hombre y la mujer toman a lo largo de una tarde, mientras se mienten al oído y se acarician con torpeza, embotados por el alcohol y por la sospecha de haber sido recluidos en una celda de castigo, en un cuarto cerrado y oscuro al que nadie tiene acceso y del que no les va a ser fácil salir. Esto es, al menos lo que descubro en sus ojos cuando pagan y salen a la noche reciente, tambaleantes, descuidados, casi ciegos en el umbral del mundo que rehúyen como se rehúye el infierno. Ignoro el camino de regreso a casa, porque nunca me he tomado el trabajo de seguirlos por el dédalo de calles de esta ciudad sombría, pero imagino que no lo hacen juntos hasta el final, que el hombre la lleva a la casa que ella comparte con otras compañeras del trabajo, la besa en la boca y se marcha a su propia casa aliviado de la tensión permanente, del permanente desafío que él establece consigo mismo para merecer el cuerpo de ella, su figura de cera y de sueño, su boca sin tiempo ni recato, sus manos impúdicas y complacientes.

     Luego en el lecho, dormido junto a su esposa sueña con ella de nuevo, abrazado al milagro de su cuerpo que tanto añora dentro de la casa, aunque se halle, al fin, a salvo, lejos de la precariedad y de la aventura, lejos de la noche que va cerniéndose sobre las ventanas del bar y le produce una cierta congoja, un sentimiento de culpa acrecentándose conforme se va acercando la hora del regreso. Es verdad que ya no los veo, que no puedo saber con exactitud quién utiliza mejor las palabras para mentir, o quien necesita imperiosamente de una verdad ficticia y excesiva para conciliar el sueño y conceder el olvido.

     En realidad yo no sé por qué beben todas las tardes, sentados y unidos por un sentimiento de pérdida, acaso por un error cronológico o una sencilla inexactitud en sus propias biografías. No sé, porque no se lo he preguntado a ninguno de ellos, qué buscan cada tarde, a quien convocan, qué palabras misteriosas pronuncian en voz baja, cuerpo a cuerpo hasta cubrir en su totalidad el espacio lento y monótono de la tarde y su disolución en las sombras, en la desmemoria o en la crueldad gratuita de la separación final.

     Beben mientras tanto, porque tal vez no les importa nada lo que sucede a su alrededor, el mundo que ellos habitan con la ceguera imprescindible de los que acaban de llegar a la ceremonia de la carne. Esto es lo que ambos muestran en sus ojos cuando vienen y se sientan juntos en el sofá del fondo, y después, un par de horas más tarde, envueltos en el crepúsculo dulzón de la ginebra y de la noche recién inaugurada, con la humedad de las lágrimas y del alcohol en sus ojos habituados al desengaño, mientras salen a la calle y emprenden el camino de regreso.

     Yo creo que beben para admitir ese margen turbio de resignación y clandestinidad al que parecen condenados por un crimen previo que tal vez cometieron en otra vida. Y, sin embargo, observo su inocencia y me estremecen las formas de una ternura ingenua, elemental y sincera, a la que no tenemos más remedio que llamar amor, aunque nos duela un poco a todos, a mí también que vigilo sus idas y venidas y les guardo con afecto  este lugar de encuentro. Así lo han entendido también ellos, y me saludan con afabilidad, felices de tenerme aquí cerca, al alcance de su mano como un ángel de la guarda que los provee de ginebra y de agua tónica, que les sirve las copas y les añade limón y hielo, testigo mudo de su idilio y de su embriaguez que son al cabo una misma cosa, porque uno se vale de la otra para adquirir la consistencia de un sueño o de un disparate, de un viaje hacia ningún lugar o del mero escarceo adolescente de las manos y los labios para convocar la pasión cada tarde del invierno de cinco a ocho.

     Yo sé que ellos guardan su enigma con la convicción inocente de que nadie lo conoce, porque es sólo una verdad suya, incomprensible para el resto de los seres humanos y, acaso también, censurable. En el espacio de la dicha existe a veces un margen prohibido, un territorio inasequible que contamina a quien lo franquea con inconsciencia o soberbia. Ellos han vulnerado alguna ley y, tal vez, por esto andan como huidos, acosados por un poder invisible que no los deja descansar ni amarse a la luz del día.

     Por eso beben mientras se acarician y conversan, mientras inventan para ellos una identidad diferente, una coartada que les permita seguir viviendo con impunidad. Su secreto es también su condena. Algo en sus ojos medrosos y en la actitud de sorpresa continua los delta, porque no pueden impedir que los otros los observen con detenimiento y les construyan una existencia fingida, una biografía posible. Están seguramente marcados por su propio silencio, por el cuidado excesivo que muestran para moverse por la ciudad sin levantar sospechas, confundidos entre la corriente anodina del resto de los hombres y de las mujeres que pueblan la ciudad. A ellos les gustaría ser como los demás, tener sus rostros de costumbre y vestir sus atuendos anónimos, pasar desapercibidos entre la multitud, ser tan sólo un nombre y unas fechas en algún remoto registro, y no contar para casi nadie, no existir apenas en el acontecer de los otros ni para bien ni para mal. El amor tiene, tal vez, estos afanes heroicos que únicamente los amantes entienden, confabulados en un pequeño grupo de escogidos que se reconocen cuando se encuentran, y que se saben poseedores de la pureza y de la ternura, al margen de los mezquinos intereses que guían los ayuntamientos convencionales y que no suelen llegar a buen puerto.

     Los miro e improviso una historia que tal vez no les pertenezca, pero que es la historia que ellos guardan para mí, mientras se sientan cada tarde en el sofá del fondo y piden las copas y conversan como si estrenaran la vida. No sé lo que dicen porque no puedo oírlos y, sin embargo, los conozco, estoy al tanto de sus conspiraciones y de sus reservas y tengo conocimiento, conocimiento inventado por su puesto, del lugar al que se dirigen cuando cae la tarde y se hace la oscuridad. No estoy seguro de que su verdadera historia me interesara, aunque ya no soy capaz de concebir una fábula distinta a esta que me cuento todos los días y que ni siquiera a ellos, si la conocieran, les hubiera parecido importante.

     Un día de finales de Abril percibo la sombra del hastío y noto con desagrado en el rostro de ella la contrariedad, el abandono, la desazón que produce el descubrimiento de que ya nada nos complace, como si de repente se nos hubiese enfriado la sangre y el mundo careciera de la intensidad que en un tiempo le habíamos atribuido por error.

     Ignora el hombre los cambios que han ido operándose en ella, porque hace muchos días que ya no la ve, que no distingue los detalles de sus rasgos, la tristeza de sus palabras apenas susurradas al oído. Además en ningún momento admitirá que algo ha sido modificado en la exacta repetición de gestos y palabras, de caricias y promesas. Todo está en su sitio en apariencia. A la misma hora entran en la cafetería, se acomodan en su lugar de siempre y piden las primeras copas. El mismo camarero, que soy yo, les sirve las bebidas sin percatarse de que ellos ya no obedecen a la necesidad de los primeros días, de que no entrelazan sus manos ni se miran a los ojos ni se besan, aunque permanezcan unidos, y de que sus ojos ya no reflejan la limpieza y el brillo de entonces.

     Me doy cuenta de que el hombre me exige las bebidas y casi grita las palabras que utiliza para dirigirse a mí. Percibo que le tiemblan las manos y que le suda el rostro abotargado, que tiene dificultad para expresarse y que se tambalea ostensiblemente. Imagino que está borracho, que ha perdido ya el camino de vuelta hacia la mujer que lo espera sentada en el sofá, con los ojos desencajados y una media sonrisa estúpida, una actitud de vacío y desencanto que por un minuto asumo con dolor, a sabiendas de que mi inocencia es parte del juego, de que soy testigo de una liturgia cuyo sentido se extingue paulatinamente.

     Quiero decirles entonces a ambos que no retrocedan ni un solo paso, que se tomen de la mano y se prometan fidelidad y amor eterno, que no sucumban a la grosería del paso del tiempo, a la cómoda zafiedad de los que envilecen su fortuna con  chistes sucios y palabras obscenas, que se comprometan a crear de nuevo el mundo, a crearlo a su medida y a su antojo porque juntos son dioses y poseen el poder absoluto del amor, que nombren su amor nuevamente y partan de cero y recuperen el significado original de la carne y de la piel, que consideren la vida como un botín del cielo y la tomen con ganas y la disfruten y la honren con inteligencia, que sean, al fin, una sola carne y ardan para siempre en el fuego inextinguible del deseo.

     Entonces desaparecen de súbito. Durante meses los echo de menos, solo al otro lado de la barra, sirviendo las bebidas que ellos ya no tomarán, pero acordándome de cada uno de sus gestos y deseándoles una larga y venturosa unión, convencido de que comparten un pequeño apartamento en las afueras, un coche de segunda mano y de que tal vez se hallan esperando a su primer hijo y se sienten felices. Me alegro por ellos. Me consuela pensar que todo ha salido bien por una vez al menos.

     Por eso, la tarde en que entran en la sala como recién venidos del infierno, cubiertos con harapos y sucios, cogidos de la mano pero con la actitud de los que ya no aguardan nada porque la vida se ha encargado de arrebatarles el último vestigio de esperanza, llegados de un tiempo infausto a este otro margen del mundo, desconocido para ellos que apenas poseen el vigor necesario para abrir los ojos y recordar, descubro que en esa imagen estrafalaria y ruinosa están ellos otra vez, los mismos de entonces, aquellos que se sentaban en un sofá del fondo para beber y besarse, que conversaban con pasión y consumían la tarde inmersos en el deseo postergado, en el afán manifiesto de sus manos.

     Los veo debilitados por el hambre y la indigencia, perdidos definitivamente en algún meandro peligroso del tiempo y, cuando me piden las copas y dejan las monedas de la limosna sobre la barra, me entran unas ganas inmensas de llorar, de acompañarlos en su desdicha, sentados en el sofá de siempre, mientras beben y se besan con amor.

 

Pascual García nació en Moratalla, España (1962). Poeta, narrador, ensayista y crítico literario. Es doctor en Filosofía y Letras y profesor de Lengua y Literatura Española. Ha participado en las siguientes antologías: Cuentos de verano (Murcia, 1997), De literatura murciana actual (Murcia, 1998) y 20 voces nuestras (Murcia, 1998). Ha obtenido premios en diversos certámenes literarios. Ha publicado los libros de cuentos: El intruso, que escribió con una Beca del Ministerio de Cultura (Barcelona, 1995) y Todos los días amor, que fue seleccionado como "Mejor Libro Murciano del Año" de narrativa (Madrid, 1999). En poesía Fábula del tiempo (Murcia, 1999), El invierno en sus brazos (Murcia, 2001) que mereció el Premio al "Mejor Libro Murciano del Año" y Luz para comer el pan (Madrid, 2002). En novela: Nunca olvidaré tu nombre (Barcelona, 2003). En ensayo: El lugar de la escritura (Universidad de Murcia, 2004) y El paraíso en viaje a la penumbra. La obra literaria de Pedro García Montalvo (Murcia, 2005). Ha ejercido la crítica de libros en el diario La Verdad, en diversas revistas especializadas y en otros medios audiovisuales. En la actualidad trabaja como asesor en la Editora Regional de Murcia.